por KOMERA | Nov 25, 2020 | Carlos B, Cooperación al desarrollo, Testimonios, Voluntariado
Germán Arconada del Valle, o para nosotros simplemente “Padre Arconada”, es sin duda una de las personas más excepcionales que los voluntarios de ASU hemos podido conocer durante nuestros años de trabajo en el corazón de África. Tras haber pasado los últimos 60 años de su vida como misionero en Burundi, el Padre Arconada fallecía hace unas semanas, siendo un ejemplo de sacrificio y entrega hasta el final de sus días. Sirva este breve relato como homenaje a una persona que marcó la vida de muchos de los voluntarios de ASU y que, desde nuestros primeros años en Burundi, nos inspiró para continuar con nuestra labor.
En mi caso, conocí al Padre Arconada por primera vez hace ya más de diez años. Por aquel entonces, yo era un universitario un poco perdido y, como muchos jóvenes, tenía como modelo a seguir a personas exitosas como deportistas o grandes empresarios. Pero aquel encuentro fortuito con el Padre Arconada supuso todo un descubrimiento para muchos de los voluntarios de ASU, pues nos permitió entender que todos y cada uno de nosotros, independientemente de nuestro contexto, podíamos tener un enorme impacto en el mundo que nos rodea si de verdad nos lo proponíamos. Con los años, he tenido la inmensa suerte de coincidir muchas veces más con el Padre Arconada en Burundi, y raro es el día en el que no haya aprendido algo de él y de su forma de entender la vida. Y aunque no es tarea fácil resumir una vida tan intensa en unas pocas líneas, espero que este testimonio sea al menos una pincelada que sirva para acercarnos a una persona realmente inigualable.
El Padre Arconada llegó a Burundi a principios de los años 60 como Misionero de África, más conocidos como los Padres Blancos. Durante más de cincuenta años, trabajó sin descanso por este país, uno de los más pobres del mundo. Allí vivió grandes momentos pero también el sufrimiento provocado por las tres guerras étnicas (1972, 1988 y 1993), llegando incluso a temer por su vida y debiendo abandonar temporalmente el país en más de una ocasión al sentirse amenazado. Pero el Padre Arconada siempre volvía a Burundi. Y siempre tenía proyectos nuevos en mente. En su parroquia de Tenga, que los voluntarios de ASU conocemos bien, construyó iglesias, casas, dispensarios, escuelas, caminos y hasta puentes. Alfabetizó a pequeños y mayores. Ayudó a hutus y tutsis, sin dejar tampoco de lado a los pigmeos batwa. Consiguió incluso el apoyo del Real Madrid para el equipo de fútbol de la escuela. Y en los últimos años, se aventuró incluso con proyectos de mejora del rendimiento agrícola, que tuvieron un gran éxito. Para él, no había nada imposible.
Pero sobre todo, el Padre Arconada ayudaba a la gente, y especialmente a los más desfavorecidos. Ellos eran sus favoritos, los que daban sentido a su misión. Y siempre estaba rodeado de ellos. Con frecuencia, nos lo recordaba: “si nos olvidamos de los pobres, nos olvidamos del Evangelio”. Y este descubrimiento fue el que cambió su forma de hacer las cosas. Él mismo reconocía que su primera etapa en Burundi había estado “equivocado”, lo cual se hacía raro viniendo de una persona entregada al prójimo. Y lo explicaba: “Pasé muchos años dedicándome a hacer proyectos, proyectos y más proyectos. Todo el mundo me lo agradecía y tenía la sensación de hacer mucho y de ser una grandísimo misionero. Lo principal para mí era promover la labor social en Burundi, el progreso humano del país. Tuvieron que pasar 30 años para que me diera cuenta de mi error, durante unos ejercicios espirituales en Jerusalén: sin predicar el amor de Dios, todo aquello no era nada, carecía de sentido”.
Aquel cambio se produjo al ver cómo todo su trabajo desaparecía con las cruentas guerras de los años noventa, que fueron especialmente devastadoras en su parroquia de Tenga. Lejos de caer en la desesperación, el Padre Arconada volvió a empezar de nuevo, pero esta vez “convertido”. Él mismo lo contaba así: “Un día, a primeros de noviembre de 1993, Dios me tiró del caballo. Estaba con mi amigo Yayo junto al puente del río Ruvironza. Eran los primeros días de la guerra étnica. De pronto, entre las aguas turbias, vimos un cadáver mutilado que bajaba por el río. Al poco tiempo otro cadáver también mutilado era arrastrado… La imagen se me quedó grabada como una pregunta acuciante: tantas vidas sesgadas por los odios, tantas escuelas y dispensarios destruidos, ¿qué hemos hecho para que esto suceda? La respuesta me fue llegando como una convicción: lo más importante es favorecer la conciencia de fraternidad. La construcción de escuelas y dispensarios solo es evangelizadora si nace de esta fraternidad que brota de la fe en Jesucristo, que nos une a todos, africanos y europeos, en un testimonio de amor”.
Todo aquello le llevó a la siguiente reflexión: “Hemos construido puentes, escuelas y pozos, pero no hemos logrado cambiar los corazones mediante el amor de Dios”. Y entonces volvió a empezar de nuevo, pero cambiando de prisma: “Tenemos que seguir haciendo proyectos, muchos, pero lo más importante tiene que ser la predicación del amor de Dios. La solución a las divisiones solo puede encontrarse abriendo el corazón al amor fraterno”. Y así es como su misión cobró sentido: aspirando a una fraternidad universal. Curiosamente, el mismo mensaje que el Papa Francisco manda ahora, treinta años más tarde, con la publicación de su última encíclica Fratelli Tutti.
Por eso, cuando le preguntábamos por su trabajo al Padre Arconada en alguna de nuestras tertulias, siempre le gustaba saltar rápidamente de los hechos a lo trascendental. Y si le preguntabas por sus “éxitos”, siempre respondía que sus alegrías más profundas venían al ver todo lo que Dios había logrado cambiar en Burundi. Y añadía: “Para ser misionero, hay que ser un admirador de Dios, un testigo de lo que Dios puede hacer cuando dejamos que actúe en nuestras vidas. Hay muchos errores en el mundo, porque confiamos muy poco en Dios. Hemos creído que el hombre sin Dios puede arreglar los problemas del mundo; Dios creó el mundo y ahora excluimos a Dios. Pero no podemos olvidar que es Dios quien nos indica el camino de la felicidad”.
Y si ser misionero consiste en ser testigo del amor de Dios, el Padre Arconada lo fue hasta el final. Y además, sabía contagiarlo. Siempre nos decía que estaba seguro de que alguno de los voluntarios de ASU iba para misionero, generalmente mirando de reojo a Gaspar. Y hasta en esto tenía razón, no con Gaspar pero sí con Chete, quien acabó haciéndose misionero años después a raíz de sus experiencias en Burundi. Y es que Padre Arconada nos inspiró a muchos. Tuvimos la suerte de compartir proyectos, compartir vivencias, compartir inquietudes y, sobre todo, tuvimos la suerte de aprender de su amor incondicional por Burundi.
Él siempre decía “el año que viene ya no estaré por aquí cuando volváis”, y año tras año le corregíamos con cariño cuando nos recibía de vuelta en Bujumbura. La última vez que le vi fue en la fiesta de la Hispanidad el año pasado, en la cual tradicionalmente nos reunimos los pocos españoles que andamos por Burundi para, en comunidad, echar un poco menos en falta nuestra querida tierra natal. Recuerdo que era un domingo tranquilo y soleado, y estábamos tomando un delicioso pescado “capitaine” a orillas del Lago Tanganica. Todo un privilegio. Pero, pese a lo apacible del entorno y del momento, al Padre Arconada le faltaba tiempo para hablar de proyectos y más proyectos. Quedamos unas semanas después para encontrarnos en Gitega y estudiar juntos unos nuevos proyectos agrícolas que tenía en mente. Una tormenta tropical me sorprendió en la carretera, me retrasé y llegué unos minutos tarde a nuestro encuentro. Cuando llegué a su casa y pregunté por él, me dijeron que ya se había echado al monte, caminando por supuesto para no perder las buenas costumbres y como si el diluvio no fuera con él. Y me quedé sin verle. Así era él, 83 años a sus espaldas pero ni un minuto que perder. Nunca pensé que no lo volvería a ver: el Padre Arconada estaba siempre tan presente que parecía imposible concebir que algún día ya no estaría allí.
Así has sido, Padre, y así te recordaremos. Allí, con los más pobres. Siempre pensando en ellos, siempre rodeado de ellos. Siempre con una sonrisa, siempre con cariño. Siempre con fe, siempre con esperanza. Siempre hablando de proyectos, siempre hablando del amor de Dios. Sin un minuto que perder.
Y así te damos las gracias, Padre. Gracias por habernos abierto las puertas del corazón de África. Gracias por las muchas tertulias, por tu testimonio, por tu ejemplo. Gracias por haber sido fiel a tu misión hasta el final. Gracias por ser testigo del amor que Dios nos tiene. Gracias por habernos enseñado a amar sin límites a personas desconocidas en un país desconocido. Gracias por mostrarnos el camino de nuestra labor en el corazón de África, que continuaremos a la luz de tu ejemplo. Porque, en realidad, nunca te fuiste de Burundi. Gracias por todo, Germán Arconada del Valle; urakoze cane, Padre Arconada.


por KOMERA | Nov 10, 2020 | Cooperación al desarrollo, Gaspar, Testimonios, Voluntariado
La vuelta a España después de un verano en Burundi deja una importante marca en cada uno de sus voluntarios. La mayoría coincide en que esta experiencia les ayuda a cuantificar lo afortunados que son, y les invita a ser más agradecidos, sobre todo en cosas que daban por sentado antes del viaje. No obstante, pasados unos meses se va diluyendo el impacto de ese viaje, y los gestos más materiales se van esfumando. Como bien dijo nuestro amigo Carlos Bobillo en su video “La normalidad nos acaba volviendo a situarnos en nuestra rutina”.
Sin embargo, existe un denominador común que perdura en la mente de todos los voluntarios, incluso muchos meses después de haber vuelto, y este es: la profunda voluntad de aprovechar cualquier oportunidad donde se ofrezca ayuda, para explicar la realidad que vive este pequeño país centroafricano.
Siguiendo esta línea, este año uno de nuestros voluntarios presentó el proyecto de equipamiento y puesta en marcha del ya construido centro materno-infantil a los premios “En KPMG apoyamos proyectos que transforman la sociedad. X Edición.” de la Fundación KPMG, y tras ser sometido a votación por todos los empleados de la firma, ha quedado seleccionado como uno de los proyectos galardonados. ;
Este galardón además de incluir una importante cuantía económica nos ayudará a difundir a miles de personas el trabajo que ha llevado a cabo ASU a lo largo de sus más de diez años de existencia. El dinero recibido será crucial para consolidar el largo recorrido en la construcción y puesta en marcha del centro maternal infantil de Ndava. El acondicionamiento del centro será posible gracias a la compra del material que estaba pendiente, como camas de partos, incubadoras, cunas o sillas de ruedas…
En fin, estamos muy contentos de esta noticia ya que paradójicamente en un momento de tremenda incertidumbre y de recentralización de nuestros intereses, se va a poder dar un paso de gigante en la mejora de los servicios sanitarios de la comunidad burundesa.
¡Seguimos! Vamos! (o como dicen en Burundi, komera!)
por KOMERA | Oct 20, 2020 | Marta, Testimonios, Voluntariado
A través de una generosa donación de Asterion Industrial Partners a ASU, la ayuda de las Misioneras de la Caridad y la de 23 maravillosos voluntarios, hemos podido llevar una ayuda especial a 89 familias que están pasando por una situación económica precaria y que lamentablemente se ha agravado con el covid.
El proyecto surge para poder dar respuesta y aliviar la situación precaria que las familias más necesitadas de Madrid están viviendo a causa de la pandemia que estamos sufriendo, y que tanta mella está provocando en algunas economías familiares. El objetivo ha sido facilitarles una ayuda para la compra de bienes de primera necesidad y acompañarles con cercanía, cariño y atención en estos momento complicados.
A través de las Misioneras en Madrid, pudimos ponernos en contacto con más de un centenar de familias necesitadas, quizás, podrías preguntarte ¿por qué estas familias? Son personas que habitualmente acuden al comedor social de la Madre Teresa en Vallecas y a las que por tanto las Sisters conocen de primera mano, así como su contexto familiar, necesidades concretas, situación personal…
En todo momento se les ha acompañado a lo largo del proyecto, haciendo especial hincapié en que no se trataba de un mero trámite de entrega de ayudas, sino que nos poníamos a su disposición para lo que pudiesen necesitar. Además, las familias han podido autogestionar los fondos recibidos según sus necesidades, permitiéndoles así decidir con libertad qué era lo que más necesitaban en su hogar.
Hablando con los voluntarios tras haber visitado a las familias, con especial cuidado del trato respetuoso, de empatía y comprensión, nos han contado que ha sido una experiencia increíble y muy gratificante, mucho más de lo que podrían haber imaginado. Además, han visto que cerca de su día a día hay una parte de la población que está sufriendo escasez material y se han visto reconfortados de poder empatizar con las familias y ofrecerles su tiempo y su ayuda. La impresión de la mayoría de los voluntarios ha sido que a pesar de los pocos recursos económicos que estas familias tienen, se podía ver una unión, alegría, generosidad y amor entre ellos.
Estamos ahora mismo elaborando un informe para medir la repercusión que ha tenido el proyecto, pero lo que si que tenemos claro ya es que con muy poco se hace mucho. 89 familias, sumando más de 400 personas entre todas ellas, han sido visitadas contando con la colaboración de más de 20 voluntarios. Las familias han destinado el dinero a bienes de primera necesidad: alimentos, higiene personal, droguería y material escolar. Este último aspecto nos ha llamado la atención ya que denota que las familias han dedicado parte del dinero también a la formación y educación de sus hijos.
Las familias están muy alegres de haber podido recibir la ayuda al mismo tiempo que los voluntarios han recibido más de lo que han dado porque como decía la Madre Teresa, “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.
por KOMERA | Jul 16, 2020 | Cooperación al desarrollo, Gaspar, Testimonios, Voluntariado
Carlos Bobillo, tras varios años en Burundi, nos cuenta sus experiencias en el corazón de África.
El proyecto de ASU, que como él mismo nos cuenta marca un antes y un después en la inmensa mayoría de los voluntarios, ha cambiado su vida en España, donde sigue con ganas de apoyar, luchar y trabajar por mejorar las condiciones de vida de los que menos tienen.
Jaime Puig de la Bellacasa, especialmente preocupado por la falta de ayudas en los países subdesarrollados y animado por generar la mayor cantidad de impacto en un mes, también ha participado en varios de nuestros proyectos en terreno.
Después de algunos años de trabajo conjunto en Madrid, y de coincidir además en proyectos sobre el terreno, ambos se han implicado de manera activa en los últimos proyectos que estamos desarrollando y que tanta necesidad hacen en estos momentos.
Os dejamos un breve testimonio de los dos en el que nos hacen más cercana la realidad del corazón de África y nos dan su testimonio, aportando alguna luz sobre la labor que desde ASU ONG venimos desarrollando en Burundi.
Gracias a los dos poner palabras a las experiencias vividas, y por ser, como siempre, un puente que conecta dos realidades tan distintas pero a la vez tan cercanas. Sigamos entre todos siendo ese canal que pone en contacto a gente que quiere ayudar con gente que necesita ser ayudada.
¡Seguimos! ¡Vamos! (o como dicen en Burundi, KOMERA!)


por KOMERA | May 27, 2020 | Cooperación al desarrollo, Marta, Testimonios, Voluntariado
Dar vida a costa de perder la tuya. Aunque pueda parecer lejano, o incluso inverosímil, es una realidad a día de hoy. No en España y tampoco en el resto de países desarrollados donde los accidentes y el cáncer pueden ocupar estos puestos. Pero sí en Burundi, donde 1 de cada cien mujeres fallece al dar a luz, y donde 1 de cada 10 niños no supera el parto. La maternidad es allí la segunda causa de muerte, solo superada en ocasiones por la malaria.
Las mujeres se exponen a este riesgo más de 5 veces de media a lo largo de su vida (el índice de fertilidad en el país es de 5.5 hijos por mujer) y los niños que nacen, lo hacen ante el peligro de no tener acceso a la sanidad que necesitan para sobrevivir. De hecho, dos de cada tres hijos no llegan a la edad adulta.
Al conocer estos datos, en ASU no contemplamos otra opción que intentar confrontarlos. Desde España, nos imaginábamos las historias que sustentaban las cifras y quisimos ir hasta allí no solo para conocerlas sino, también, para intentar cambiarlas. Y allá que fuimos.
La hermana de Eric
Hace poco más de un año llegamos Borja y yo a Ngozi. Cuando llevábamos 15 días trabajando en el proyecto, nos levantamos y, como era habitual, fuimos a desayunar. Eric, uno de los cocineros, estaba serio y callado, algo muy raro en él dado que se solía pasar el día bailando y escuchando canciones de Diamond (el ‘Daddy Yankee’ africano).
Preocupados, preguntamos a sus compañeros, quienes nos dijeron que su hermana había fallecido: iba a dar a luz ese mismo día, pero las complicaciones del parto y la falta de recursos para afrontarlas habían provocado su muerte. Fue un golpe inesperado para nosotros, pues era la primera vez que vivíamos una situación así tan de cerca, pero tristemente no para Eric ni el resto de sus amigos. Él había venido a trabajar como cualquier día. En Burundi, las muertes derivadas de la maternidad forman parte de su día a día.
El Centro de Salud San Lucas
La acción y el trabajo de ASU para paliar este drama se ha focalizado en Ndava, una comuna con 64.855 habitantes de los que el 52% son mujeres. Tras finalizar el proyecto de la escuela local donde cada día se forman más de 900 alumnos, decidimos mejorar la atención sanitaria de sus habitantes con la construcción del Centro de Salud San Lucas, especialmente centrado en maternidad pero también en epidemias (SIDA, tuberculosis y malaria) y malnutrición.
Se trata de un proyecto ambicioso, pues solo la construcción suponía un coste total de 154.395€. Gracias a la generosidad de muchas personas pudimos, sin embargo, conseguir el dinero y tras el esfuerzo de arquitectos, constructores y obreros, el proyecto es ahora una realidad en Ndava.
Este proyecto no acaba aquí, pues la construcción es solo es el primero paso. Todavía nos queda mucho camino para poder abrir las puertas de la clínica: licencias, instalación del equipamiento, compra de medicinas, contratación de personal… Os lo contaremos el mes que viene.


por KOMERA | May 21, 2020 | Cooperación al desarrollo, Marián, Testimonios, Voluntariado
M: ¿Sister, en qué puedo ayudar? ¿Qué hago?
S: Small things with great love.
Las hermanas Misioneras de la Caridad es una congregación religiosa que fundó santa Teresa de Calcuta en 1950 para cuidar a los más pobres de entre los pobres. Aunque comenzó en la India, pronto se extendió al resto del mundo y hoy está presente en 132 países. En cada casa de cada país las sisters viven, en comunidad, en la mayor pobreza. Desprendidas de todo lo material, visten un sari blanco con franjas azules, vestimenta clásica de las mujeres pobres de la India, que, junto a sus sandalias, un crucifijo y un par de cosas más es todo lo que tienen. Sin embargo, no necesitan más. Derrochan una felicidad desbordante y con plena confianza en Dios viven de la providencia.
ASU, desde su comienzo ha mantenido una estrecha relación con las Misioneras de la Caridad. Hemos tenido la inmensa suerte de trabajar con ellas en la India, Burundi, Nicaragua y Madrid y cada vez nos hemos quedado maravillados por la inmensa felicidad y paz que se respira en sus casas. Me cuesta encontrar las palabras para describirlo.
Según el país y sus circunstancias las actividades de la casa son distintas, pero en todas se vive de la misma forma. Su motor diario es la oración y la entrega: “Dar hasta que duela y cuando duela, dar todavía más”. La entrega más pura y desinteresada que jamás he conocido. En su servicio diario a los más pobres, dan de comer al que no tiene comida y no tiene medios para conseguirla, cuidan de niños cuyas familias no se pueden hacer cargo, luchan contra la desnutrición, cuidan de los enfermos que nadie quiere cuidar etc.…No podría resumir en un post todo lo que hacen en su día a día, pero os animo vivamente a acercaros un día a sus casas e involucraros.
Si, sé que involucrarse es salir de nuestra comodidad y cuesta, pero el esfuerzo merecerá la pena. Siempre recordaré las grandes lecciones de vida que me dieron sin darse cuenta. Llegué a Burundi con mis ideas de primer mundo, con grandes ansias de ayudar, hacer cosas grandes, ver su resultado con esa inmediatez y rapidez que caracteriza el ritmo de nuestras vidas. Y me choqué. Allí el ritmo es otro. No hay grandes planes, se vive el día a día. No sabemos si nos veremos mañana. Ellas añadían siempre a mi “Hasta mañana” un “si Dios quiere”. No hay grandes proyectos o sueños, hay entrega diaria. No hay listas de cosas que hacer corriendo, hay búsqueda del amor más grande entregado en las cosas pequeñas del día.
Hay respuestas que descolocan: Small things with great love.
Abrazo fuerte,