por KOMERA | May 12, 2016 | Carlos B, Testimonios, Voluntariado
“Hace ya casi siete años del día en que un grupo de por entonces desconocidos pisamos tierras africanas por primera vez ¿Cómo valorar si fue un buen viaje de voluntariado más allá de haber ayudado mucho y haberlo pasado muy bien?¿Cómo juzgar si aquel viaje tuvo un impacto real en nuestras vidas?”
Queremos compartir el testimonio de Carlos en MapAyuda.org, para que cada uno pueda valorar si la ilusión que teníamos en aquellos días por la aventura que empezaba, y la que mantenemos hoy en día trabajando en los mismos proyectos, os anima a dar el paso de dedicar parte de vuestro tiempo a los demás… ¡Gracias Bobi!
Hace ya algún tiempo que no voy por Burundi. Cuando fui invitado a relatar mis experiencias en MapAyuda, la verdad es que me pilló un poco por sorpresa, ya que no sabía hasta qué punto mis viejos recuerdos podrían resultar de utilidad a nadie. Tras darle alguna que otra vuelta al asunto y estar a punto de declinar la invitación un par de veces, pensé que el poco –y único- valor añadido que podría tener mi testimonio podría ser el de darle algo de perspectiva al voluntariado que se lleva a cabo en ASU. Eso es lo que he intentado en estas breves líneas, probablemente sin éxito, así que vayan mis disculpas por adelantado.
Es habitual escuchar en el mundo del voluntariado frases del tipo “fue el viaje que cambió mi vida”, “he recibido mucho más de lo que he dado” o “qué sería del océano sin mi gota”. Casi todos las hemos pronunciado más de una vez, generalmente al poco de regresar a nuestros hogares, dejándonos llevar probablemente por la emoción del momento. Lamentablemente, es muy habitual también que esas frases desaparezcan de nuestras vidas con la misma rapidez con la que llegaron. Un álbum olvidado en Facebook con unos cuantos likes, un renglón al final de nuestro currículum y una buena historia que contar en las copas de los próximos años; yo el primero, lo reconozco.
No dudo que todo viaje de voluntariado sea una vivencia única, ni tampoco que ningún viaje sea mejor que otro o que resulte casi imposible no volver trasformado de una experiencia así. Es indiscutible que nadie juzgar el verdadero impacto de un viaje de voluntariado en nuestras vidas mejor que uno mismo. Pero también es cierto que los hechos suelen pesar generalmente más que las palabras: si tu vida ha cambiado de verdad, tus actos serán la mejor expresión de ese cambio; si es cierto que estás en deuda por todo lo recibido, probablemente estarás más ocupado en devolver esa deuda que en pregonarlo a los cuatro vientos.
Pronto se cumplirán siete años desde que un grupo de por entonces desconocidos pisamos tierras africanas por primera vez. ¿Cómo valorar si fue un buen viaje de voluntariado más allá de haber ayudado mucho y haberlo pasado muy bien? ¿Cómo juzgar si aquel viaje tuvo un impacto real en nuestras vidas? ¿Cómo saber si soy imparcial recomendándolo o desaconsejándolo?
No es fácil hallar una respuesta clara. Probablemente, la única forma de saberlo sea analizando cómo afectó aquel verano a nuestras vidas transcurridos esos siete años desde entonces, que no es poca perspectiva, y, en cualquier caso, es toda la que tenemos. Vayamos uno por uno. A Mena, Álvaro y Mamen no les cuento, ellos ya habían estado en Burundi antes así que estaba claro que el mensaje les había calado hondo. Jabato y Santi fueron varias veces más a Burundi, acompañados, con los años, por varias de sus hermanas. Santi, además, también anduvo de voluntario en Sierra Leona y en Perú. También Celia y Bea, quienes aprovecharon sus últimos veranos antes de dar comienzo a sus vidas laborales para repetir la experiencia. Mención especial a Carlos, quien enfocó su carrera de medicina hacia las enfermedades tropicales y desde hace tiempo ejerce en Camerún. Y qué decir de Gaspar, del cual ya pierdo la cuenta de cuántas veces ha estado en Burundi, Sierra Leona o Nicaragua y que desde hace años dedica el poco tiempo libre que le deja la arquitectura en dirigir la ONG junto a su querida Marga y en engañar a sus hermanos pequeños para que se sumen al proyecto.
La última de mis intenciones sería poner ningún tipo de medalla a estos voluntarios, que tan solo se dejaron llevar por sus ganas de ayudar y que además no habrían cambiado estas experiencias por nada del mundo. Por otra parte, es difícil saber cómo habrían sido nuestras vidas sin aquella experiencia, por lo que resulta imposible determinar si Burundi fue el detonante de todo lo que vino después. Lo único que sé es que siete años después, y pese a lo llovido, todos seguimos involucrados en ASU con la misma o más ilusión si cabe que aquella tarde de junio en la terraza de un irlandés hoy desaparecido de la calle Almagro…
¿Casualidad? Tal vez. O tal vez no. Os invito a ver el siguiente vídeo:
Podéis encontrar toda la información relativa a nuestros campamentos de verano en nuestra web. En resumen, la información más reseñable es la siguiente: ¿Dónde? En Granada (Nicaragua) y en Ngozi, Kirundo y Bujumbura (Burundi). ¿Cuándo? Un mes en verano (julio y agosto). ¿Número de voluntarios? Entre 15 y 25, seleccionados atendiendo a los méritos del trabajo realizado durante el año en Madrid y de una entrevista personal. ¿Tipo de voluntariado? El voluntariado de ASU se centra en llevar a cabo distintas actuaciones sociales y humanitarias. El proyecto se centra en la organización de un campamento para niños, que incluye refuerzo escolar, comedor, juegos y actividades deportivas. Además, se llevan a cabo muchas otros proyectos, como la impartición de cursos de inglés en la universidad o la colaboración en los hogares de las Misioneras de la Caridad, atendiendo a bebés huérfanos y personas en exclusión social. ¿Perfil de los voluntarios? ASU se caracteriza por su espíritu abierto y por la heterogeneidad de las personas que la componen. A lo largo de estos años, hemos tenido la suerte de contar con gente de todo tipo de perfiles y edades, siendo nuestro único rasgo común las ganas de ayudar. Otra información de interés: Necesario visado (in situ) y vacunas para Burundi. Enhorabuena y muchas gracias a MapAyuda por una idea tan brillante y original como es esta plataforma, que sin duda ayudará a muchos voluntarios a encontrar su camino.
por KOMERA | Ene 23, 2016 | Testimonios, Voluntariado
Nos encanta seguir viendo que lo vivido en Burundi, haya pasado el tiempo que haya pasado, sigue en la retina y memoria de nuestros voluntarios. Queremos compartir el testimonio de Lourdes, que recientemente ha sido publicado en MapaAyuda.org para que sigamos, como ella misma dice, ayudando desde este “primer mundo” desde el que podemos hacer grandes cosas por ayudar a ese “tercer” y tan bonito mundo ¡Gracias!
Desde niña he participado en diversos voluntariados en Córdoba, ciudad de la que provengo, pero siempre tenía el “runrún” en mi interior por dar un paso más allá, un gran paso que me llevara a un gran proyecto de cooperación en un país desfavorecido… Pero nunca pensé que fuese en el verano de 2014 y en Burundi.
Todo surgió por casualidad, como suelen ocurrir las grandes experiencias en nuestra vida, allá por el mes de abril de ese mismo año. Comentaba con un amigo del trabajo mis ganas de formar parte de un proyecto de cooperación. Él me habló de ASU y de que justo había quedado para tomar un café con uno de los fundadores de la ONG. Me apunté a ese café. Me habló sobre ASU, sobre los proyectos y sobre el procedimiento a seguir si quería participar. No me lo pensé. En ese momento empezó mi experiencia en ASU.
Yendo al grano…
Los proyectos que se desarrollan en Burundi suelen hacerse en el mes de julio pero aquel verano, al ser un grupo numeroso de jóvenes trabajadores cuyas vacaciones eran en el mes de agosto, se había decidido hacer un proyecto en julio y otro en agosto para nosotros (aunque éste de 3 semanas), cada uno formado por 12 o 13 voluntarios.
La primera fase del proyecto se realizaría en la primera quincena del mes y tendría como centro de operaciones la ciudad de Ngozi donde se realizaría un campamento de verano para niños, tanto hutus como tutsis de entre 6 y 14 años. En este campamento se impartirían distintas clases como dibujo, idiomas, música, higiene,… además de un comedor. En nuestro caso, esta primera fase sería sustituida por la organización e impartición de clases de inglés a 160 alumnos de la Universidad de Ngozi. Este curso trataba de afianzar el nivel de inglés de los estudiantes para que pudieran, en un futuro cercano, entablar contacto con entidades u organizaciones que les permitan un mejor futuro profesional.
Los meses previos a nuestro viaje estuvimos preparando el curso pero había muchas cosas que desconocíamos: el nivel que tendrían nuestros alumnos, disponibilidad de aulas para hacer distintos grupos, recursos, etc. Por ello, decidimos dividirnos en dos niveles y buscar material para cada caso contemplando distintas hipótesis. Al llegar allí, vimos que había grandes diferencias entre unos y otros y que sólo contábamos con dos aulas por lo que seguimos con nuestro plan inicial de hacer dos niveles. Al ser muchos voluntarios, podríamos organizarnos para volcarnos con aquellos que más dificultad tuvieran.
Esta primera etapa fue muy enriquecedora. Durante las clases, tratábamos de hacer grupos de conversación en los que cada uno comentaba sus inquietudes o aspiraciones. Aprovechábamos ese momento para entender la situación por la que estaban pasando, para saber de qué forma podíamos ayudarles y para que ellos también entendieran que, pese a que nosotros veníamos de un país desarrollado, nada nos había sido dado ya que si teníamos un trabajo, también había sido fruto de nuestro esfuerzo. Fue bonito ver cómo en la clausura del curso uno de los sentimientos más comunes que surgía entre ellos eran las ganas de seguir aprendiendo inglés y de formarse para poder luchar por su país teniéndonos a nosotros como ejemplo. A día de hoy seguimos manteniendo el contacto con muchos de ellos via email.
Por las tardes solíamos aprovechar para, además de preparar las clases, visitar algunas de las aldeas cercanas o ir al hospital. Solíamos hacer juegos, cantar, poner alguna película con un pequeño reproductor que nos habíamos llevado (¡fliparon al ver el libro de la selva, no paraban de reír tanto madres como niños!), darles ropa, útiles para el hospital que habíamos recopilado los meses previos (como biberones o leche en polvo), o los ansiados balones de fútbol.
La segunda parte del viaje tiene sede en la ciudad de Kirundo, al norte de Burundi, junto a la frontera con Ruanda. Allí se trabaja en el hogar de las Misioneras de la Caridad (congregación de la Beata Teresa de Calcuta) con huérfanos, enfermos y ancianos. Además como en cualquier otro lugar del mundo, existen personas con deficiencias físicas y psíquicas, enfermas y absolutamente dependientes de las que nadie se hace cargo y tienen un nivel de abandono impensable en nuestro mundo “desarrollado”.
La increíble labor de las Misioneras, que entregan cada minuto de su vida para hacer más agradable la vida de los demás, nos hace recibir una lección difícil de olvidar al colaborar directamente en distintas actividades:
- Cuidado de más de 100 bebés y niños huérfanos o abandonados de entre cero y dos años (darles de comer, bañarles, cuidado médico por parte de los estudiantes de medicina)
- Cuidado de los ancianos, disminuidos psíquicos y físicos, leprosos…
- Mantenimiento de las instalaciones (limpieza, pintado y desinfectado de cunas)
- Llevar a cabo una labor de enfermería básica con gente que se acerca hasta el hogar de las Misioneras para recibir curas por cortes, infecciones, mordeduras…
- Llevamos comida, sobre todo leche en polvo, para los bebés y medicinas para contribuir con la labor de estos hogares.
Terminaremos el viaje colaborando los últimos días en el hogar que tienen en Bujumbura, la capital de Burundi.
Esta segunda etapa de nuestro viaje era bien distinta, aunque no menos bonita, ya que haríamos trabajos más físicos y manuales. Tanto las Misioneras como las voluntarias que allí había eran extraordinarias, siempre alegres, sacando sonrisas y volcadas al 100% en su labor. Eso sí, nunca te dirían qué hacer ni saldría de ellas decirte cómo puedes ayudarlas. Eras tú quien tenía que ser proactivo, fijándote en cómo ellas hacían las cosas para poder hacerlas tú: cambiar pañales, dar de comer, limpiar cunas y sábanas, hacer juegos tanto con niños como con ancianos que no entendían nuestra lengua, etc.
Es difícil explicar y plasmar en papel todo lo que te aporta a nivel personal una experiencia como esta. Ver desde tan cerca la pobreza extrema, el sentimiento de supervivencia diaria por no saber lo que será de ellos mañana, el poco valor que puede tener la vida de una persona o conocer el verdadero significado de necesidad… y siempre con una sonrisa. Todo ello hace que te plantees muchas cosas y bueno, es cierto que en 3 semanas o 1 mes al año que visites un país poco puedes hacer pero el verdadero proyecto de cooperación está a tu vuelta, desde este “primer mundo” desde el que podemos hacer grandes cosas por ayudar a ese “tercer” y tan bonito mundo.

por KOMERA | Oct 5, 2015 | Testimonios, Voluntariado
¡Seguimos! Y que mejor manera de empezar la semana que con el testimonio de otra voluntaria del pasado Proyecto Nicaragua. Pasan los meses y en sus cabezas sigue retumbando todo lo vivido, la gente con la que se encontraron, las sonrisas que sacaron (y les sacaron), las experiencias vividas, las historias escuchadas, los juegos compartidos, pero sobre todo, todo lo que les han enseñado los nicaragüenses y que les ha hecho replantearse muchas cosas. Como dice, solo cuando lo tienes delante lo entiendes de verdad.
Parece que fue ayer cuando salía de mi casa a las 12 de la noche con los nervios a flor de piel, rumbo a un país del que sabía poco más que su nombre y capital. La llegada al aeropuerto fue un cúmulo de sentimientos, una mezcla de emoción, intriga, miedo y muchísima ilusión se mezclaban con el frenesí que suponía encargarse de las maletas, sacar billetes, conocer a los demás voluntarios y sobre todo, no perder el avión que nos llevaría al mejor mes de julio de nuestras vidas.
Lo primero que piensas cuando llegas a Nicaragua es: ¡que calor! Justo después va un: ¡que verde es todo! Y a continuación llega la frase que nos llevó a los 31 voluntarios a cruzar el charco: que pobre es todo…
Las carreteras son mínimas y mal asfaltadas. Los barrios, en la mayoría de los casos, son un conjunto de chabolas de chapa mal distribuidas sobre auténticos barrizales. Las casas, de una sola estancia, son poco más que cuatro paredes de barro y un tejado de chapa, en las que el suelo es de tierra, y la cocina, el salón y el único dormitorio que hay, comparten un mismo espacio. Aunque sea difícil de imaginar, en ellas suelen vivir familias de hasta 9 hijos con sus animales, desde perros, hasta cerdos u ocas.
Pero más allá de toda esa pobreza, y aunque sea complicado de entender, encuentras alegría a cada paso que caminas, las personas son felices con lo poquísimo que tienen, y son los niños y sus sonrisas las cosas que recuerdas a día de hoy, mes y medio después de la gran aventura.
Aún escuchamos en nuestras cabezas los gritos de ilusión de los niños cuando llegaban los “gringos”, como nos conocían por allí, todas las canciones que se aprendieron y que probablemente no hayan dejado de cantar o el juego de la zapatilla por detrás, al que algún día pillarán el tranquillo.
Llegas allí pensando que intentarás echar una mano en todo lo que puedas, pero vuelves de allí teniendo claro que han sido ellos quienes te han ayudado a ti… Al ver que tus problemas son granos de arena de los que haces montañas, a dar gracias por todo lo que tienes sin merecértelo más que ellos, a ver que la felicidad no se basa en las cosas materiales que tengamos, y que los abrazos son mejor recompensa que cualquier cantidad de dinero. Y es que todos hemos escuchado estas frases millones de veces, en casa, en el colegio… pero solo cuando lo tienes delante lo entiendes de verdad.
Y aunque hemos podido hacer poco en el mes que hemos pasado allí, todo lo que hemos hecho ha sido con el corazón. Nos vamos con la alegría de que Jordi Antonio aprendió las vocales, Valeria entendió que hay que ir a clase todos los días si quiere aprender, Pablo dejó la lucha libre para los de la tele y Víctor vió que hay vida más allá del pandilleo.
¡Nos vamos Nicaragua, pero estamos seguros de que muy pronto volveremos!
por KOMERA | Sep 16, 2015 | Testimonios, Voluntariado
“Somos una pequeña gota de agua en un inmenso océano” así comienza el testimonio que Paco, uno de los voluntarios que formó parte del pasado Proyecto Nicaragua durante el mes de julio nos acaba de hacer llegar. Y cuanta razón tiene, tan solo somos una pequeña gota en el mar, pero, como decía la Madre Teresa, el mar sería menos si le faltara esa gota.
No queríamos dejar pasar la oportunidad de compartir con todos vosotros su testimonio, para que vosotros también podáis comprobar lo que nosotros ya preveíamos, que los voluntarios llevarán siempre en el corazón a toda la gente que ayudaron y conocieron, y que fueron queriendo cambiar sus vidas y les han tocado en lo más profundo ¡Gracias a ti Paco!
“Somos una pequeña gota de agua en un inmenso océano”… a veces nos gusta pensar que el mundo gira a nuestro alrededor, que todo el mundo es feliz porque nosotros lo somos y no vemos más allá de nuestros horizontes limitados. Quizás sea verdad, en cierta medida.
Me gustaría contarte a ti una experiencia. Una de esas ocasiones en las que no sabes si llegar al vacío y asomarte más allá. De cambiar tu mundo por otro. De cambiar tu vida. Permíteme que te cuente mi experiencia personal, y para eso me remontaré al comienzo.
Era todavía Semana Santa y me llegó a través de un familiar, un comentario de un cura al que un seminarista le había “fichado” para un campo de trabajo en Burundi. Vamos, que de carambola me llegó la información de un voluntariado que se haría en el mes de Julio. Ya había tenido la suerte unos años antes de ir a otro campo de trabajo en Kenia con el colegio y me había quedado con ganas de más. Aquel voluntariado terminó y acto seguido comencé la universidad. Los recuerdos se enfriaron con la vuelta a la rutina. Pero había quedado una semilla, una experiencia que me llevó a apuntarme de cabeza a este plan con una organización desconocida… ASU.
El viaje comenzó con las charlas de información, la gente no se conocía y había dudas. Pero algo nos impulsaba a seguir y a implicarnos en ello. Cuando llevamos un mes de preparación nos llega una mala noticia: Burundi está en una situación un poco problemática y por seguridad no iremos allí. Se cambia el destino a Nicaragua. La gente estaba ilusionada por ir a Burundi… es África y todos sabemos la fascinación que nos produce ese continente. Para algunos es una decepción. Desde la asociación nos vuelven a preguntar si queremos seguir en el proyecto aunque ya no sea en África. Y una vez más algo nos mueve a lanzarnos a lo desconocido, aunque no sea lo que hubiéramos previsto o imaginado. La decepción se convierte de nuevo en oportunidad.

Pasan los meses de preparación y el viaje ya está más cerca, ya nos vamos conociendo algo más. Hay algunos que incluso ya tienen encargos y la gente les “pone cara”… los jefes, los del botiquín, encargados de viajes… Todo es ilusionante y a la vez un poco abrumador, ¡Nos vamos a Nicaragua! Después de las despedidas, últimos planes y barbacoas nos montamos en el primero de los aviones que nos llevarán hasta allí. Dejamos nuestro mundo para entrar al suyo. ¿Al de quién? Al de gente que no conocemos, pero que de alguna manera nos serán familiares.
Al llegar a Granada nos damos cuenta que vamos a tener que adaptar a las condiciones de vida de allí. Comida a base de arroz con frijoles, duchas con cubo de agua (sí, sólo uno), lavandería manual (como nos acordaremos del mágico jabón lagarto). Aquí cuando abres el grifo no siempre sale agua. He de reconocer que afrontaba este viaje desde el punto de vista de quien ha hecho un voluntariado antes. Te crees que has vivido de todo y que no te vas a sorprender tanto. Ya había vivido esas condiciones de vida en África.
Pero me olvidaba de algo muy importante. Algo que me iba a sorprender y cambiar de punto de vista. Las personas. Por mucho que creas que has visto todo cuando conoces a gente de estos países te das cuenta de las muchas cosas que nos sobran en el primer mundo. Las cosas tapan a las personas, no nos dejan verlas bien y ayudarlas de verdad. Una vez más el mundo nos da un vuelco y nos pone panza arriba. ¿Cómo podemos ayudarles? La respuesta nos la dan unas personas que nos han enseñado mucho, las Misioneras de la Caridad: No necesitan tanto nuestro dinero como nuestro cariño. No cosas grandes, sino cosas pequeñas con mucho amor.

Una vez te das cuenta de esto la vida cambia radicalmente. Te das al 100% a los demás, te vacías… y acabas lleno. Y ellos lo saben, cuanto no te guardas nada y les ayudas responden. Sonríen con esas sonrisas que se graban en la retina. Sus ojos nos miran alegres. Desde lo más profundo de sus corazones están agradecidos. ¡Es increíble lo poco que se necesita para hacer felices a los demás! Con jugar con ellos, enseñarles a leer, escucharles e interesarte. Se suceden los días y las anécdotas. Historias que nos unen como grupo hasta ser una familia. Te apoyas en los demás y ellos cuentan contigo para seguir adelante. Una familia que está en España, Burundi, Nicaragua, en todas partes. Sabes que estás viviendo algo grande y no quieres que acabe.
Pero se acaba y llega el momento de volver. Nunca pensé que nos llegaríamos a encariñar tanto de gente que no conocíamos hace nada. ¿Quién sabe si algún día volveremos a vernos? Si algo sé es que les llevaremos en el corazón para siempre, fuimos queriendo cambiar su vida y nos han tocado en lo más profundo. Y lo que hemos vivido no se quedará con nosotros sino que pasará a nuestros conocidos para que ellos también lo vivan. La verdadera aventura no ha hecho más que comenzar.
Gracias ASU de todo corazón.

por KOMERA | Sep 16, 2014 | Testimonios, Voluntariado
Acabado el verano y de vuelta a la rutina, estamos felices de retomar el blog para iros contando con todo tipo de detalles cómo han ido los proyectos de este verano y lo fructíferos que han sido. Después de enseñaros parte de lo que hemos hecho con un divertido video nos toca relatar algo no tan agradable.
Como es difícil que lleguen hasta nuestros oídos noticias del pequeño corazón de África, quizás muchos no hayáis leído que hace unos días tres monjas italianas fueron asesinadas de manera brutal en el norte de la capital, Bujumbura. Puede parecer una desgracia más entre tanto drama africano, pero para los que conocemos Burundi, y más en particular al padre Arconada, misionero español en Burundi desde hace 52 años, se nos hace más palpable al leer el testimonio que nos ha hecho llegar hace unas horas relatando de primera mano semejante horror.
Queríamos compartir con vosotros sus líneas, dirigidas al asesino de estas tres monjas javieranas, para intentar haceros un poco más partícipes de la realidad que viven hoy en días los misioneros y misioneras que se encuentran repartidos por todo el mundo, dándose totalmente a los demás para llegar incluso a dar la vida por ellos.
De nuevo sangre de mártires en Burundi
Creo que fue tertuliano el que escribió: Sangre de mártires semilla de cristianos.
Es difícil explicar lo que sentí al ver la sangre de la primera víctima derramada por el suelo en dirección de la puerta como buscando otra salida para nuestro mundo. Ante esta víctima mis sentimientos eran múltiples: horror, miedo, humillación profunda, y mil preguntas sobre nuestro mundo. No vi la cara que cubría una tela africana, como para evitar hundirnos en la depresión viendo el cuerpo de la hermana Lucia. Ella, me dijeron, tenía la cara desfigurada por una piedra, le habían aplastado los ojos y la nariz, su cráneo destrozado, su garganta degollada.
La segunda víctima, Madre Olga, estaba en una pieza continua, en un corredor que lleva al salón, tampoco pude ver su cara que cubría otra tela africana, también ella degollada. Al lado de las víctimas había una camisa manchada de sangre, la del asesino que viéndola así, la dejó abandonada para que nadie le descubriera manchado de sangre.
Todo empezó de una manera inocente. Un joven que pide a las religiosas un vaso de agua fresca. La religiosa como buena samaritana le ofrece un vaso de agua fresca. El joven empieza a beber, y en un gesto rápido intenta robarla el reloj. La religiosa grita, las monjas acuden a socorrerla, el ladrón se da a la fuga.
El ladrón vuelve más tarde. ¿A qué hora? ¿A las dos de la tarde? ¿las 3 de la tarde?
Dos religiosas habían ido al aeropuerto para buscar a la Superiora Regional que venía de Italia. En la casa quedaban Sor Lucía y Olga, religiosas misioneras javerianas. Entró el ladrón con un cuchillo, y asesinó a las dos. Y salió cerrando la puerta de la casa de las religiosas.
Da la casualidad que a eso de las 4 y media de la tarde fui a visitar a los javerianos. Nadie sabía nada porque la casa estaba cerrada y creían que las religiosas habían salido a visitar a alguien. Sólo a la vuelta de las religiosas que había ido al aeropuerto, y abrieron la puerta descubrieron el horror. Por la noche a eso de las dos de la noche, el asesino volvió con el mismo cuchillo. Entró en la habitación de Sor Bernardette, la que le había dado un vaso de agua fresca y la decapitó. Hubiera degollado también a Sor Clementina, religiosa javeriana, pero tenía cerrada la puerta de su habitación. El dolor y la pena son inmensos.
Y la pregunta queda en el aire: ¿¿¿POR QUÉ???
Sin duda nunca verás esta carta. Pero lo que ha pasado nos interpela a todos. Quizás esta carta me la escribo a mí mismo. Al asesinar y degollar la primera víctima su sangre manchó tu camisa. No podías salir a fuera con la camisa empapada de sangre. Por eso preferiste abandonar la camisa al lado de tus víctimas.
Amigo, hermano, perdona que te llame así, porque Dios es nuestro Padre común y Jesús nos invitó a vivir como hermanos. Amigo recoge tu camisa y conviértete, cambia tu vida.
La sangre de mártires no mancha, purifica, interpela, es vida de amor. Mataste a religiosas que habían dejado, su país, su familia, su juventud, para dedicarse amar a los otros siguiendo los pasos de Jesucristo. Nunca olvides ese vaso de agua fresca que Sor Bernardette te ofreció. Era más que agua fresca, te ofreció una manera de vivir dedicada al servicio de los demás gratuitamente.
Pero tengo para ti una pregunta: ¿quienes fueron los que inculcaron en tu vida ese egoísmo que te hizo asesino de tres religiosas testigos del amor de Dios? Porque no hubo en tu vida otras voces que te enseñaran la felicidad que brota del verdadero amor. Te engañaron los que te dijeron que tu felicidad pasaba por el crimen. Ha sido víctima de los mercaderes de la mentira y del egoísmo sin freno alguno.
Amigo, ven y recoge tu camisa que ahora esta perfumada con sangre de mártires. Deja que esta sangre empape tu corazón de ese amor que nos hace felices.
Conozco uno, San Pablo, que de perseguidor de cristianos se convirtió en defensor del amor cristiano y apóstol de la Iglesia. Que el crimen no te arrastre al suicidio como Judas. Dios desde la cruz con su sangre nos sanó de todas las heridas nacidas de nuestros pecados.
Hay un pecado de falta de evangelización con los jóvenes de hoy que nos atañe a todos
Carta al asesino de las tres religiosas misioneras javieranas.
por KOMERA | Jul 14, 2014 | Cooperación al desarrollo, Testimonios
Evil will never have the last word, it is love that prevails
El Ángel de Burundi
Marguérite Barankitse (Ruyigi, Burundi, 1957), es probablemente una de las personas más especiales que hemos tenido oportunidad de conocer durante nuestras estancias en Burundi.
Tuvimos el placer de conocerla por primera vez en 2009, cuando nos recibió en su propia casa en Ruyigi, y algunos pudimos repetir aquel encuentro tres años más tarde. Aunque el tiempo pasa y las cosas se olvidan, los que allí estuvimos supimos aquel mismo día que había sido uno de esos momentos que te marcan la vida, y precisamente por eso, para demostrar que aunque el tiempo pase los momentos y las personas especiales no desaparecen jamás de nuestra memoria, queríamos dedicar esta pequeña entrada al Ángel de Burundi, a nuestra amiga Maggie.
Maggie nació en Burundi a mediados de los años 50, en el seno de una acomodada familia dueña de numerosas tierras. Tras estudiar en Lourdes (Francia) y en Suiza, decidió retornar a su Ruyigi natal para ser profesora de francés, ayudar en la diócesis, y devolver de esta forma a su comunidad todo lo que había tenido la suerte de aprender. Por aquel entonces Maggie era una hermosa joven burundesa con un futuro prometedor por delante y muchos sueños e ilusiones por cumplir, pero en el otoño de 1993 se cruzó en su camino la fatídica guerra civil entre las dos principales etnias del país que duraría más de una década, y su vida nunca volvió a ser la misma.
Ella nunca entendió de diferencias, y por eso, pese a ser tutsi, y aun a sabiendas de que aquello podía costarle la vida, escondió en los edificios de la diócesis a más de cien personas, la mayoría hutus perseguidos por los tutsis. Al estallar el conflicto Maggie ya había adoptado a siete niños y niñas, hutus y tutsis, y a ellos se unieron otros muchos niños y adultos que acudieron a refugiarse a la casa del obispado, donde sabían que ella les recibiría. Al principio eran unos pocos, pero a medida que avanzaron los días el grupo fue creciendo más y más, hasta que finalmente fueron descubiertos por los tutsis, que fueron hasta allí para aplicar su castigo, muchos de ellos – paradójicamente- familiares de la propia Maggie, quien se interpuso y trató de persuadirles para que no utilizaran la violencia, ofreciéndoles todas sus posesiones y su propia vida.
No obstante, todos sus esfuerzos resultaron en vano. Para castigar a Maggie por lo que ellos consideraban una traición por parte de una “hermana” tutsi, la desvistieron, la ataron a una silla, prendieron fuego a la casa del obispado para obligar a salir a todas las personas que estaban allí escondidas, y la obligaron a presenciar cómo asesinaban uno a uno a 72 refugiados, muchos de ellos amigos suyos. Aquel 24 de octubre de 1993, como ella misma cuenta, Maggie murió, pero también volvió a nacer. En medio de aquella desgracia se obró un milagro, y 25 niños, además de sus siete hijos adoptados, consiguieron salvarse.
Pese a dudar de todo y de todos, del sentido de la vida y de su existencia, Maggie entendió desde el principio que debía sobreponerse, que tenía una misión, y que dedicaría su vida a ella: decidió que tenía que cambiar el odio por la paz, y adoptó a aquellos 25 niños para demostrar que el amor es más fuerte que todas las otras cosas. Con ellos a su cargo consiguió pedir refugio a una pequeña organización alemana que operaba en Ruyigi, la cual les ayudó sin vacilar y dio a Maggie la oportunidad de plantar la semilla de una gran obra que todavía hoy sigue creciendo. La guerra no había hecho más que comenzar y poco a poco empezaron a llamar a la puerta del refugio más y más niños huérfanos. Los rumores se habían extendido por todo el país: “hay una loca en Ruyigi que acoge a todos los niños que se presenten, sean hutus o tutsis”, y así, siguiendo a aquellos 25 primeros niños, hoy han llegado a ser más de 20.000.
Fue entonces cuando, con ayuda de la comunidad internacional, Maggie abrió las puertas de “Maison Shalom” -Casa de la Paz-, que desde entonces trabaja en Ruyigi para la reinserción de los huérfanos en la sociedad. No contenta con ello, Maggie, trabajadora incansable, siguió dedicando todo su tiempo y sus recursos a los demás, y ha conseguido que Maison Shalom crezca abriendo más centros por todo el país, hospitales, escuelas de formación profesional y otros organismos encaminados a hacer crecer a la sociedad en la que vive, siempre bajo los valores del amor y la fraternidad.
Nos podríamos pasar horas hablando de las labores y los éxitos de Maggie, pero estos no se entenderían sin el mensaje que los acompaña. Han pasado más de cinco años desde que la conocimos, pero todas y cada una de sus palabras todavía retumban en nuestras mentes. Su testimonio es más que una vida, más que mil aventuras, historias y cicatrices de una guerra, es un mensaje claro y sencillo que ojalá pudiese llegar a todo el mundo: el mundo se mueve por amor.
Pese a haber sido nominada jamás le darán el Nóbel de la Paz, ella misma reniega de todo tipo de premios que solo recoge cuando con ello ayuda a que su comunidad siga creciendo. Maggie tiene demasiadas cosas que celebrar, pero ella prefiere centrar todo su esfuerzo en Maison Shalom, que sin duda es el mejor premio que le ha podido dar la vida. Esperamos que después de esta entrada podáis conocerla mejor, o que por lo menos sea suficiente para hacernos reflexionar sobre qué es lo que nos mueve en esta vida. Maggie encontró su camino en la fe y en al amor cuando la vida no se lo había puesto nada fácil. Ojalá todos nosotros pudiésemos encontrar nuestro camino como lo ha hecho ella, y sobre todo, ojalá todos tuviésemos su fuerza y ganas de cambiar el mundo.
Gracias por todo Maggie, urakoze cane.