Lo que se queda

Lo que se queda

Después de unas semanas de nuestra vuelta a casa, de volver a la rutina, a las reuniones, a las clases, al trabajo, a los atascos y a todas esas pequeñas cosas que conforman nuestra vida diaria, llega ese momento en el que uno intenta parar y mirar atrás para entender qué ha pasado este verano en Burundi. Y, como cada año, nos vuelve a pasar lo mismo. No sabemos muy bien cómo contar lo vivido en el corazón de África. Porque Burundi no es una historia que se pueda resumir, y las palabras siempre se quedan cortas. No son los kilómetros recorridos, ni los proyectos realizados, ni siquiera todas las personas que hemos tenido la suerte de conocer. Burundi es algo mucho más difícil de explicar. Es una forma diferente de mirar, es una sonrisa, un encuentro, una conversación sin palabras. Es, en definitiva, algo que sucede dentro.

Pero empecemos por el principio. Este verano hemos vuelto a Burundi un año más con más de 60 voluntarios repartidos en cuatros grupos de universitarios y jóvenes profesionales. Cuatro grupos diferentes, cuatro historias diferentes, cuatro maneras de vivir el viaje… pero un mismo deseo: entregarnos y dejarnos sorprender. Y, a la vuelta, una certeza: que Burundi se ha quedado con nosotros aunque nos hayamos ido.

 

Una historia que se sigue escribiendo

El verano comenzó, como ya es tradición, con los grupos de universitarios, que después de muchos meses de preparación, llegaron a Burundi con las mismas ganas de siempre. Unos empezaron con el campamento de Ndava, donde 150 niños nos abrieron de par en par las puertas de su corazón y, por muy paradójico que parezca, nos enseñaron a aprender. Sí, porque llegamos pensando que íbamos a enseñarles algo y terminamos descubriendo que eran ellos quienes tenían mucho que enseñarnos. Nos enseñaron a disfrutar de lo pequeño. A vivir el presente. A reír sin necesitar demasiado. A abrazar sin pedir explicaciones. A confiar. A querer. Y es que, un año más, hemos vivido esa gran paradoja: cuanto más creemos que vamos a dar, más recibimos. Pensábamos que íbamos a llevarles nuestro tiempo, nuestros conocimientos y nuestras ganas. Y acabamos llevándonos una forma diferente de entender la vida…

Aprendiendo a aprender…

Y también, volvimos a Kirundo, donde la casa de las Sisters se convirtió un año más en nuestro hogar, y donde nos encontramos con los niños, los ancianos y los enfermos; con el cansancio, el trabajo y las tareas más sencillas; con las sonrisas, los abrazos y esa alegría que parece no necesitar ninguna explicación. Allí, en ese pequeño oasis de paz, volvimos a ponernos a disposición de las Misioneras de la Caridad, haciendo lo que tocaba y simplemente estando. Sin más. Porque ahí está precisamente el secreto, en estar. En servir. En no pretender grandes cosas, sino en hacer pequeñas cosas con mucho amor. Una vez más, las Sisters nos enseñaron que el amor no necesita grandes discursos. Que el amor se cocina, se limpia, se acaricia, se acompaña. Que el amor se hace pequeño. Y que, precisamente por eso, acaba siendo infinito.

Pequeñas cosas con mucho amor

Ya en agosto, llegaron los grupos de jóvenes profesionales que decidieron apostar sus pocas vacaciones por algo más grande. Los primeros empezaron en Ngozi, donde llevamos a cabo una nueva edición de nuestro tradicional curso de desarrollo personal y capacitación profesional en la Université de Ngozi, con las clases de IA como claras protagonistas. Es curioso pensar que, mientras nosotros llegábamos desde España para hablar de futuro, tecnología y oportunidades, Burundi volvía a enseñarnos que hay cosas que ninguna ciencia puede sustituir, como compartir un encuentro, una mirada, una conversación, una mano tendida, una sonrisa. También fue un auténtico regalo poder cuidar la capilla de la universidad que inauguramos en marzo de la mano de nuestros amigos de la Fundación Hakuna. Por las tardes cambiábamos las aulas por los juegos del campamento, los deportes, las clases de español, los niños de Giriteka y la vida que iba surgiendo. Porque en Burundi los planes importan, pero mucho más importa estar disponible. Y también estuvimos una semana en Kirundo. En la casa de las Sisters. En ese lugar al que parece que cada año llegamos por primera vez y del que cada año nos cuesta un poco más marcharnos…

Entrega de diplomas en el curso de la Universidad de Ngozi

 

Un verano para recordar

Este verano, además, ha tenido algo diferente. Quizá porque, después de casi veinte años en Burundi, hemos empezado a mirar atrás. En 2007 llegábamos por primera vez a la colina de Ndava sin saber muy bien qué nos encontraríamos. El resto de la historia ya la sabéis: media vida en Burundi, muchos viajes y muchos proyectos de cooperación… Este año hemos vivido uno de esos momentos que, de alguna manera, cierran un círculo. Y es que después de tanto tiempo soñándolo, por fin hemos inaugurado nuestra iglesia Madre Teresa de Calcuta en Ndava, la primera de Burundi dedicada a nuestra santa favorita. Una iglesia que no es solo un edificio, si no la materialización de una historia compartida, la historia de todos los que durante estos años hemos puesto nuestro tiempo, nuestros recursos, nuestro esfuerzo, nuestras oraciones y nuestro corazón al servicio del corazón de África. Y allí, rodeados de nuestros amigos burundeses, de nuestros voluntarios, de tantas personas que han hecho posible este camino, y, de manera muy especial, de nuestras queridas Misioneras de la Caridad que viajaron desde Kirundo, pudimos tocar un poco el cielo en la tierra. Y nos dimos cuenta de algo. Y es que esto no va de construir cosas. Va de construir relaciones. De construir esperanza. De construir una historia que, aunque muchas veces no entendamos, sabemos que merece la pena…

Nuestras queridas Sisters en la inauguración de nuestra iglesia Madre Teresa de Ndava

 

Y ahora, ¿qué?

Ya de vuelta en España, como cada año, llega la pregunta más difícil. ¿Qué hacemos ahora con todo esto? Porque Burundi queda a miles de kilómetros. Los niños siguen en Ndava, los universitarios en Ngozi, las Sisters en Kirundo… Y nosotros estamos otra vez en Madrid. Pero sentimos que algo ha cambiado. Porque sabemos que el verdadero reto de ir a Burundi no es cambiar Burundi, sino permitir que Burundi nos cambie a nosotros. Y que después de haber visto una alegría tan sencilla, aprendamos a vivir con más alegría. Que después de haber recibido tanto con tan poco, sepamos agradecer más. Que después de haber descubierto que el amor se encuentra en las cosas más pequeñas, tengamos el valor de volver a nuestras casas y empezar por ellas. Y que después de haber visto tantas vidas entregadas, entendamos que nuestra vida también está llamada a ser entregada.

Porque Burundi no puede quedarse en Burundi. No puede quedarse en unas fotografías, unos recuerdos, y unas birras de vez en cuando entre amigos. Burundi tiene que llegar a Madrid. A nuestras familias. A nuestros amigos. A nuestras universidades; a nuestros trabajos. A nuestra forma de mirar al que tenemos al lado. Porque si algo hemos aprendido este verano es que quizá no estamos llamados a hacer grandes cosas. Pero sí estamos llamados a amar. Y eso sí podemos hacerlo aquí. Todos los días.

¿Qué hacemos ahora con todo esto?

 

Lo que se queda

Dicen que los viajes terminan cuando uno vuelve a casa. Pero nosotros tenemos la certeza de que hay lugares que, aunque dejemos atrás, se quedan dentro de nosotros. Y Burundi es sin duda uno de ellos. Se quedan las risas de los niños de Ndava. Se quedan las ganas de mejorar de los universitarios de Ngozi. Se quedan los abrazos de Kirundo. Se queda la alegría de las Sisters. Se queda, sobre todo, una certeza: que la vida tiene mucho más sentido cuando se entrega. Por eso, cuando volvemos a mirar atrás, nos damos cuenta de que este verano hemos vuelto a casa con el corazón más lleno. Y ese es quizás el verdadero regalo de Burundi. Porque después de casi veinte años seguimos sin entender del todo qué tiene esta tierra… Pero seguimos queriendo volver. Seguimos queriendo dejarnos sorprender. Seguimos queriendo aprender. Seguimos queriendo entregarnos. Porque Burundi nos ha enseñado que hay cosas que solo se entienden cuando se viven. Que lo importante no es lo que dejamos allí, sino lo que dejamos que Burundi haga en nosotros.

Un año más, volvemos a casa. Pero una vez más, sabemos que Burundi no se queda en Burundi, y que una parte de Burundi se queda en nosotros. Y también, que un poquito de nosotros se queda allí. Por eso solo podemos decir “gracias”. Gracias, Burundi. Gracias por tanto. Por abrirnos las puertas de tu casa. Por hacernos pequeños. Por ser una escuela de vida. Por recordarnos lo esencial. Y por seguir revelándonos, una y otra vez, que la vida merece la pena cuando se vive para los demás. Nos vemos pronto.

Gracias, Burundi

El corazón de Ndava

El corazón de Ndava

Este verano en Burundi ha sido especial. Y es que después de casi 20 años trabajando en el corazón de África, hemos cumplido un sueño que teníamos desde hace mucho tiempo…

Cuando llegamos por primera vez a la colina de Ndava allá por el año 2007, y tras conocer de primera mano la difícil realidad de una de las zonas más pobres del país más pobre mundo, nació en nosotros la inquietud de querer involucrarnos en las distintas necesidades materiales que veíamos en la comunidad: educación, sanidad, infraestructuras, emprendimiento… Así es como durante todos estos años hemos ido llevando a cabo muchos proyectos para hacer frente a las distintas necesidades que íbamos viendo: primero fue nuestra escuela primaria San Josemaría, luego el pozo, el centro de salud San Lucas, la instalación eléctrica, la escuela secundaria San José, el molino, el café, las cabras, el basket, las casas para los batwas, la escuela infantil san Nicolás…

Los primeros años de Ndava, siempre construyendo…

Pero la realidad es que, además de todas estas necesidades de orden “material”, que lógicamente son muchas en el país más pobre del mundo, nuestros amigos de Ndava llevaban muchos años compartiendo con nosotros su mayor sueño: tener una iglesia en Ndava que pudiera atender también las necesidades “espirituales” de los más de mil niños que van todos los días a nuestras escuelas así como de toda la comunidad en su conjunto. Y así es como nació el sueño de construir una iglesia en Ndava. Para nosotros, tenía todo el sentido del mundo, porque nos parecía el broche de oro a tantos años haciendo proyectos de cooperación en Ndava, y porque en cierta forma suponía cerrar el círculo de nuestra presencia en Ndava situando lo más importante en el centro, y dándole un sentido de trascendencia a todo nuestro trabajo. La iglesia sería así el corazón de Ndava, a cuyos latidos se acompasaría todo lo demás: el tiempo, la tradición, los valores familiares, y en resumen la vida de toda la comunidad.

Primeros planos de la iglesia…

El único problema es que nunca antes habíamos construido una iglesia, ni sabíamos por dónde empezar. Al principio pensábamos que se trataba de una capilla, pero cuando nos dijeron que la idea era hacer una iglesia con capacidad para más de 400 personas -con su correspondiente sacristía, salón parroquial, sala de reuniones, etc.- la verdad es que nos asustamos un poco… Pero decidimos que teníamos que sacarlo adelante como fuera. Como el reto era mayúsculo, rápidamente vimos que lo mejor era poner el proyecto en manos de nuestra santa favorita, Santa Madre Teresa de Calcuta, con cuyas misioneras llevamos trabajando desde nuestros inicios en Burundi y en Madrid, y en cuya canonización estuvimos en el año 2015 en Roma. Y así es como surgió el sueño de construir la primera iglesia dedicada a Madre Teresa de Calcuta en Burundi, teniendo muy presente siempre que, como decía ella, la verdadera pobreza no es material sino espiritual. Así nos lo contaba el Padre Apo en su día cuando decidimos lanzarnos a la aventura…

La verdad es que no ha sido fácil. Construir una iglesia es todo un reto, y hacerlo en el corazón de África todavía más. Pero después de más casi 3 años de mucho trabajo, y de recibir la ayuda de muchas personas tanto en Burundi como en España, el pasado 18 de julio de 2026 llegó el día soñado: la tan esperada inauguración de nuestra iglesia Madre Teresa de Ndava…

Ya sabíamos que iba a ser un día muy especial, pero la realidad superó todas nuestras expectativas. Es difícil poner palabras a todo lo que vivimos: la procesión de entrada, la unción del altar, la iglesia abarrotada, la música, los bailes, la decoración, la celebración de la eucaristía, el ofertorio con una fila infinita de agricultores trayendo parte de su cosecha para contribuir a la iglesia… Fue un día cargado de emociones, que además pudimos compartir con nuestro querido D. Ignacio Amorós “Chete”, que 8 años después regresaba a Burundi, siendo esta vez su primera como sacerdote, y acompañado por otros dos sacerdotes: D. Juan Andrés “Gordo” Verde, venido desde Uruguay para la ocasión, y Fray Marcos, fraile dominico venezolano. La Misa estuvo presidida por nuestro amigo el obispo de Ngozi, Monseñor Georges Bizimana, con quien tenemos una gran relación y que ha apoyado mucho el proyecto, y también nos acompañó nuestro querido Padre Apo, además de muchos otros sacerdotes amigos venidos de todo el país. También se unieron a la celebración varios de los jóvenes voluntarios que se encontraban en ese momento en Burundi, y muchos de nuestros amigos burundeses con los que llevamos todos estos años trabajando.

Y, por si acaso no eran suficientes sorpresas, también vinieron algunas de nuestras queridas Misioneras de la Caridad desde la casa de Kirundo, que hicieron una gran excepción sabiendo como es su carisma y nos acompañaron después de un largo viaje en coche de varias horas. No podían estar más emocionadas, sobre todo después de ver que desde España habíamos traído una grandísima imagen de Madre Teresa, así como la inscripción de “Ndanyotewe” que preside la iglesia, que es el equivalente en kirundi del famoso “I thirst” de Madre Teresa… Y si ellas estaban emocionadas de estar ahí, os podéis imaginar como estábamos nosotros de que ellas nos acompañaran en un día tan especial para nosotros.

La emoción de la sorpresa al ver a nuestras queridas Sisters

Después de todas estas emociones, la comunidad de Ndava nos invitó a una pequeña celebración, que llevaban meses organizando y que fue especialmente bonita por el hecho de que insistieron en que querían invitarnos ellos, para lo cual estuvieron reuniendo muchas pequeñas colaboraciones de personas muy humildes de toda la comunidad que querían colaborar con el proyecto aunque fuera con un humilde saco de arroz. Para nuestra sorpresa, nos invitaron a compartir algún refresco, un poco de cabra con arroz y muuuuchos discursos de agradecimiento, donde también nos entregaron un diploma en agradecimiento a nuestra colaboración con la comunidad, que por supuesto ya preside nuestra querida casita de Ngozi. Y así, con la caída del sol y con las emociones todavía a flor de piel, pusimos el broche de oro a uno de los días más importantes de nuestra historia.

Fray Marcos, D. Ignacio Amorós, Monseñor Georges Bizimana (Obispo de Ngozi), Juan Andrés “Gordo” Verde, Carlos Bobillo y el Padre Apollinaire “Apo” Bangayimbaga

Aún no hemos visto nada…

Aún no hemos visto nada…

Hace un año, viajábamos a Burundi de la mano de nuestros amigos de Hakuna para ver qué podíamos hacer juntos en el corazón de África. Tras visitar el corazón de África, Don José Pedro Manglano “Josepe”, fundador de Hakuna, destacaba la sencillez con la que se vive la vida y la fe en Burundi, recordándonos que, en su pobreza, son unos maestros del arte de vivir.

Llegada a Burundi en mayo de 2025

Estando en Burundi, y tras visitar la Universidad de Ngozi, con la que llevamos trabajando estos casi 20 años de labor en Burundi y cuyo rector es nuestro querido Padre Apo, se nos ocurría una idea que en aquel momento parecía imposible. Veíamos que durante todos estos años, la universidad ha ido creciendo mucho: nuevos edificios, mejor equipamiento, cada vez más alumnos y facultades, incluso nuevos másters… Pero faltaba algo. Y ese algo era lo más importante. Y es que es muy importante formar a grandes profesionales en la universidad. Pero además, tenemos el deber de formar a grandes personas. Así, en el propio viaje a Burundi, nació un sueño que nos emocionó a todos desde el primer momento: dar vida a una capilla en la Universidad de Ngozi donde los jóvenes puedan, además de estudiar, reposar el corazón y mirar al futuro con esperanza. Parecía un sueño lejano y difícil, pero entonces no sabíamos que aún no habíamos visto nada…

D. José Pedro Manglano, fundador de Hakuna, el Padre Appolinaire Bangayimbaga, rector de la Université de Ngozi, y Carlos Bobillo, de KOMERA, cerrando el acuerdo a tres bandas

Unos pocos meses después, en septiembre de 2025, aquel sueño empezó a tomar forma. Nuestras queridas cracks Emma e Inés se ofrecían para irse a vivir a Burundi y ponerse al servicio para que el proyecto de la capilla de la Universidad de Ngozi fuera una realidad. No sabían muy bien a lo que iban ni lo que les esperaba, pero a pesar de ello no dudaron en decir un “sí” muy grande y confiado…

Primeros trabajos de la capilla “El Deseante” en la Université de Ngozi

Durante estos meses, Emma e Inés han dedicado todo su tiempo, su cariño y sus esfuerzos a este sueño. No ha sido fácil, pues había que empezar todo desde cero y la incertidumbre era grande. Pero poco a poco, con mucho amor y confiando mucho, han conseguido aquello que unos meses antes nos parecía imposible. Primero fue la capilla: el Padre Apo nos había dejado la antigua biblioteca de la universidad y había que remodelarla entera, con todos los líos que ellos supone. Después, el grupo de jóvenes que han ido dándole vida: adoración, formación, clases de español, traducción de las canciones al francés, ensayos, cine fórums, escapadas… ¡Qué suerte poder compartir nuestra fe a pesar de todas las diferencias y barreras! Y en paralelo, mucha entrega también fuera de la universidad: ayuda en el Hospital de Ngozi, con los niños de la calle en Giriteka, en la casa de las Misioneras de la caridad en Kirundo… Porque nada de esto tendría sentido si todo lo que hemos ido recibiendo estos meses no se volcara en el otro.

Cartel de la inauguración de la capilla “El Deseante” en la Université de Ngozi el 14 de marzo de 2025

Y por fin, un año más tarde de aquel viaje a Burundi, el sueño que habíamos tenido se hizo realidad. El pasado 14 de marzo de 2026 se inauguraba la capilla de “El Deseante” en la Universidad de Ngozi, con la presencia del Padre Apo y del Obispo de Ngozi, Monseñor Georges Bizimana. Fue un día de muchas emociones, mucha alegría… y sobre todo de mucho agradecimiento. Nos parece tan increíble todo lo que ha pasado y todo lo que está por venir que cuesta ponerle palabras… Pero sí tenemos una palabra muy clara: “GRACIAS”. O como decimos en Burundi, “URAKOZE”. Solo podemos tener en nuestro corazón un urakoze muy grande a todas aquellas personas que han apostado por este sueño y lo han hecho posible, tanto en España como en Burundi.

Inauguración de la capilla “El Deseante” en la Université de Ngozi por parte del Obispo de Ngozi, Monseñor Georges Bizimana

Pero esto no es el final de una bonita historia. Al revés. Porque esto no se trata solo de convertir la antigua biblioteca en una preciosa capilla y ya. Este proyecto va mucho más allá. Se trata de llevar mucha vida a la universidad, y de que en un país como Burundi, todavía herido por los conflictos recientes, los jóvenes puedan vivir y compartir su fe. Se trata de que puedan mirar al futuro con esperanza y dispuestos a entregarse por su familia y por un país que tanto lo necesita. Y es que, ahora, viene lo mejor… Aún no hemos visto nada!

KOMERA: recordando el futuro

KOMERA: recordando el futuro

Dicen que hay momentos que definen nuestra existencia. Hoy, sin duda, es uno de ellos. Y es que hoy es un día importante para nosotros, muy importante. De los más importantes de nuestra historia. ¿Quieres saber por qué? Vamos allá…

Este año, como muchos ya sabéis, nos hemos hecho mayores de edad. Sí, aunque parece que fue ayer cuando empezamos, han pasado 18 años desde que, allá por febrero de 2007, un pequeño grupo de amigos, y amigos de amigos, nos juntamos para cambiar el mundo.

En estos 18 años de vida, nos han preguntado muchas, muchísimas, veces por nuestro nombre. El diálogo normalmente es más o menos así:

+ No sabes cómo mola ASU…
– ¿ASU? No me suena de nada…
+ Sí, somos un grupo de jóvenes que trabajamos en Burundi…
– Ah, sí, sí; los de Burundi, os ubico perfectamente, haberlo dicho antes… ¿Y qué significa eso de ASUN?
+ Es ASU, no ASUN. Significa “Asociación Solidaria Universitaria” y…
– ¿Y por qué os llamáis Asociación Solidaria Universitaria si ya no estáis en la universidad?

La realidad es que la respuesta a esa pregunta es muy sencilla. Nacimos siendo universitarios y siempre hemos estado muy vinculados e identificados con el mundo de la universidad, esa etapa tan fundamental de nuestra existencia que tanto marca el tipo de persona que acabamos siendo en la vida y en la que te desbordan la fuerza y las ganas de comerte el mundo.

Sin embargo, ahora que nos hemos hecho mayores de edad y que comenzamos una nueva etapa de nuestra vida, tenemos muy claro que queremos seguir esta aventura teniendo muy presente nuestro origen, nuestra esencia, el porqué de todo lo que hacemos. Porque si hay algo que realmente nos define no es la etapa de la vida en la que nacimos o en la que estamos ahora mismo, ni lo que hacemos en cada momento, sino el por qué hacemos lo que hacemos. Es decir, nuestra verdadera esencia, lo que se encuentra en lo más profundo de nuestro corazón. Por todo esto, nos gustaría empezar esta nueva etapa con un nuevo nombre que nos permita tener siempre muy presente la razón de ser de nuestra misión.

La verdad es que teníamos muchas dudas, porque ASU es el nombre que nos ha visto nacer y crecer, y nos daba miedo alejarnos de nuestro origen. Pero luego nos dimos cuenta de que cambiar no implica necesariamente olvidar quiénes somos. En nuestro caso, ocurre todo lo contrario, creemos que cambiar es mirar al frente sabiendo de dónde venimos. Es ser conscientes de que aún no hemos visto ni hecho nada. De que lo mejor está todavía por venir, porque a veces, cambiar puede ser la mejor forma de recordar nuestro origen y nuestra esencia. Dicen que la palabra “recordar” viene del latín re-cordis, esto es, volver a pasar por el corazón. Por eso, queremos aprovechar esta nueva etapa para volver a nuestro corazón, para recordar quiénes somos y para quién somos. Para recordar de dónde venimos, pero también a dónde queremos ir. Es decir, recordar el pasado, pero también recordar el futuro, porque por muy paradójico que pueda parecer, creemos que resulta fundamental saber de dónde venimos para saber a dónde queremos ir.

Es cierto que los cambios importantes suelen dar vértigo, también a nosotros. Pero si algo tenemos claro es que el mundo es de los valientes… Después de 18 años cambiando el mundo cuando parecía imposible hacerlo, tenemos claro que hay sueños que parecen muy lejanos… Hasta que alguien da un primer paso. Por eso, hoy queremos dar un segundo gran paso en nuestra historia, después de aquel primero que dimos a principios de 2007.

Y así es como llega nuestro nuevo nombre: “KOMERA”. ¿KOMERA? Sí, ¡KOMERA! KOMERA es una palabra muy popular en kirundi −el idioma de Burundi−, pero sin traducción a otros idiomas, y que venimos escuchando con frecuencia desde nuestros inicios en el corazón de África: a los niños en la escuela de Ndava, a los mayores del hogar de las Sisters en Kirundo, a los agricultores en los arrozales y a los catedráticos de la Universidad de Ngozi, a los más sencillos y a los más sabios. Os preguntaréis: muy bien, pero… ¿qué significa? KOMERA hace referencia, en sentido literal, al “ánimo para conseguir grandes cosas en la vida” y no puede representar mejor el por qué hacemos lo que hacemos: el espíritu de valentía, resiliencia, alegría y esperanza que ha guiado nuestra labor desde nuestros inicios. Además, este nombre nos permite llevar Burundi en nuestro corazón: como sabéis, con el paso del tiempo, nuestra vocación de permanencia y nuestro vínculo con el país y con su gente ha ido creciendo y fortaleciéndose más y más, y este nuevo nombre nos permite poner palabras a esto que llevamos en nuestro corazón, además de recordarnos el por qué hacemos lo que hacemos.

Y así nace KOMERA, de lo que escuchamos y lo que vivimos cada año cuando estamos en Burundi. Porque para todos lo que hemos tenido la suerte de estar en terreno, KOMERA es una palabra viva, pues a pesar de llevar oyéndola muchísimos años, se renueva continuamente y siempre logra sorprendernos, y precisamente por eso nos inspira y define la actitud con la que afrontamos la vida: con la ilusión renovada, con valentía y con esperanza en un futuro mejor teniendo los pies en la tierra y la mirada en el cielo.

Esperamos que sintáis la misma emoción e ilusión que nosotros por esta nueva etapa que comienza, en la cual nuestro origen y nuestra esencia permanecen intactos: “pequeñas cosas con mucho amor”.

Haciéndonos pequeños

Haciéndonos pequeños

Después de un tiempo prudencial de “reposo”, que nos ha permitido coger distancia y perspectiva, hemos decidido intentar poner palabras a todo lo que hemos vivido este verano en Burundi. La verdad, es que no es tarea fácil, porque Burundi ha sido precisamente eso: vida. VIDA en mayúsculas. Y la vida no se puede contar, hay que vivirla. Aun así, prometemos hacer nuestros mejores esfuerzos para tratar de trasladaros con nosotros hasta ese pequeño rincón del corazón de África y compartir todo lo que hemos tenido la suerte de recibir.

Este verano, una vez más, hemos vuelto con cinco grupos de voluntarios a Burundi. Nos hacía especial ilusión, porque este año cumplimos 18 años visitando el corazón de África, y hemos celebrado nuestra mayoría de edad con casi 100 voluntarios en terreno. Los años pasan, pero siempre decimos lo mismo: si hay algo de lo que nos sentimos especialmente orgullosos, además de todo el trabajo que llevamos a cabo en terreno para ayudar a quienes más lo necesitan, es que tantos cientos de voluntarios hayamos tenido la oportunidad de conocer Burundi y ahora seamos portadores de esa gracia especial que nos hace ver el mundo de otra manera, allí donde estemos.

Lo paradójico es que, aunque nos hacemos mayores, Burundi nos enseña lo contrario, y cada vez de forma más clara: tenemos que hacernos pequeños. Pequeños como niños. Sí, como esos cientos de niños con los que hemos estado en Ndava o en Kirundo con las Sisters. Porque si algo nos llevamos de este verano es que todo pasa por la inocencia, por la sencillez, por la pobreza de espíritu. Solo ahí encontramos la verdadera felicidad, y solo así descubrimos el sentido de nuestra vida. Y es que, como nos decía una voluntaria este verano: “ser feliz es sencillo; lo difícil es ser sencillo”.

Ser feliz es sencillo; lo difícil es ser sencillo

Los primeros en aterrizar en Burundi fueron el grupo de jóvenes del Colegio Aldovea, que por tercer año consecutivo dedicaron sus vacaciones post EvAU para darse a los demás. Este verano, además, con la novedad de que hemos estado construyendo, de principio a fin, dos casas que ellos mismos habían financiado para familias de poblados batwa, la etnia más desfavorecida de Burundi. Después, como ya es tradición, nos trasladamos a Kirundo, al norte del país, para ponernos a disposición de las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta para ayudar en todas las necesidades del hogar, atendiendo a niños, ancianos y enfermos. Un lugar lleno de paz al que nunca nos cansamos de volver.

Niños de Mureke recibiendo a voluntarios de KOMERA

Siempre rodeados de niños

Ya en julio, tomaron el testigo los grupos de universitarios, con unos 40 voluntarios repartidos en dos grupos dispuestos a darlo todo, liderados por varios repetidores que llevan años viniendo con nosotros a Burundi. Tras unos meses previos de mucho trabajo en Madrid preparando todo el proyecto, finalmente llegaba el momento de la verdad en Burundi. Como siempre, empezamos con nuestro tradicional campamento en nuestra escuela de Ndava, compartiendo dos semanas con cientos de niños que nos han enseñado que el amor es la mejor escuela. Con nuestras manos manchadas y nuestras zapatillas llenas de polvo y barro, fuimos testigos de la grandeza del mundo, de su belleza, y de una paz y una felicidad tan auténtica que rebosaba en nuestros corazones. Y después, nos sumergimos otras dos semanas en el oasis que es la casa de las Misioneras de la Caridad en Kirundo. Allí, nos encontramos con un pequeño rincón de paz donde descubrimos a lo que estamos llamados: amar y entregarnos, haciendo siempre pequeñas cosas con mucho amor.

En Burundi hemos descubierto que en las pequeñas cosas en donde somos verdaderamente felices. Y es que la fórmula de la felicidad es mucho más sencilla que todo lo que nuestra realidad nos puede ofrecer. Es en la dinámica de darse a los demás donde recibimos más de lo que podemos merecer, donde reconocemos el cielo en la tierra, y donde nos encontramos con una fuente inagotable que nos sacia cuando nada más puede hacerlo y que paradójicamente nos llena de riquezas cuando nos sentimos vacíos. Gracias Burundi por permitirnos dejar de lado lo superficial para adentrarnos en tu misterio y vivir apasionadamente. Gracias Burundi por darnos respuestas a lo que llevábamos en el corazón. Gracias por revelarnos el AMOR en mayúsculas. Gracias por dejarnos un pedacito de ti en nuestros corazones, y por venirte a Madrid con nosotros. Querido Burundi: ¡nos vemos pronto!

Niños de la escuela de Ndava jugando

Nuestro tradicional campamento de Ndava

Para cerrar el verano, en agosto viajamos a Burundi con otros dos grupos de jóvenes profesionales, con un total de 35 voluntarios, que durante 3 semanas estuvieron colaborando con nuestros proyectos en terreno. Comenzamos el trabajo con nuestro ya famoso curso de desarrollo personal y profesional en la Universidad de Ngozi, que hemos estado preparando durante el año y que este verano ha tenido especial éxito gracias a las clases de IA. Por las tardes, nos esperaban todo tipo de actividades: deportes, campamentos con niños, casas de acogida, clases de español… Tras poner fin a nuestra etapa en Ngozi, nos trasladamos a Kirundo, en la frontera con Ruanda, donde pasamos unos días con las Sisters de Madre Teresa, y nos llevamos el mejor de los aprendizajes: que la alegría no tiene nada que ver con la riqueza material, que el lenguaje internacional es el de las sonrisas y abrazos, que la esperanza es la clave de la vida, y que estamos hechos para darnos y solo en la entrega encontraremos la verdadera felicidad…

En resumen, Burundi ha sido un continuo desaprender para volver a aprender, y que nos ha dejado enseñanzas para toda la vida. Nos ha recordado que tenemos que ser como niños, que está bien el no saber qué pasará mañana, que estamos de paso, y que la vida es un regalo. También, que “ser feliz es sencillo; lo difícil es ser sencillo”. Gracias Burundi por tanto, gracias por abrirnos tu corazón y por llenar los nuestros. Gracias por enseñarnos a aspirar a algo más grande y a VIVIR en mayúsculas.

Voluntarios de Komera en la Universidad de Ngozi

Curso de desarrollo personal y profesional en la Universidad de Ngozi

Comenzábamos esta noticia diciendo que no era fácil poner palabras a lo vivido. Cada grupo ha tenido su contexto, su historia, sus vivencias. Pero si algo nos llevamos todos, es las ganas de que Burundi no se quede en Burundi. Sí, de que esto no sea un verano más, un voluntariado más, lo que tocaba este año. Burundi nos ha marcado a todos, de una forma o de otra, y ahora tenemos por delante el gran desafío de qué hacer con todo lo que hemos tenido la suerte de vivir.

Y es que si algo tenemos claro, es que Burundi es un misterio que nos invita a mirar más allá y a aspirar a algo más grande. En primer lugar, en lo que se refiere a lo personal, para traernos Burundi a Madrid, a nuestro día a día, para que todo lo que hemos vivido allí tenga su reflejo aquí en nuestras vidas y en las de los que nos rodean. Y en segundo lugar, siendo muy conscientes de que tenemos que compartir Burundi con el mundo, porque lo que hemos visto y oído no puede quedarse solo en nuestros corazones. Burundi tiene algo que decirle al mundo, y cuenta con nosotros para compartir su mensaje de alegría, de fe, de entrega, de esperanza y de amor.

Haciéndonos pequeños 🙂

Un año más, volvemos a Madrid con el corazón lleno, pero con esa sensación de que esto no ha hecho más que empezar. De que empezamos un camino nuevo con un destino claro pero un rumbo incierto. Por eso, solo podemos pedir una cosa: ojalá nunca olvidemos que ese camino pasa por la sencillez. Por hacernos pequeños, para apostar por algo más grande. Y por compartirlo con el mundo. Porque ahora que sabemos que la verdadera felicidad está ahí, solo podemos seguir esos pases. Ojalá nos grabemos estas palabras a fuego estas palabras en nuestro corazón: “ser feliz es sencillo; lo difícil es ser sencillo”. Vamos a por ello, ¡komera!

Imigambi

Imigambi

Hoy llega al mundo nuestro proyecto Imigambi, y después de muchos años de trabajo nos cuesta compartir lo emocionados que estamos. Y es que este proyecto es el resultado de un largo camino… Un camino que nació sin saberlo con un primer viaje a Burundi hace ya más de 15 años y con una promesa al volver a Madrid: no olvidarnos de lo vivido en el corazón de África. Tras volver una vez, otra vez, y otra vez más, empezamos a conocer la realidad de Burundi, y a entender poco a poco los problemas y las riquezas del país más pobre del mundo. Y así, descubrimos que, entre sus mil colinas, Burundi esconde un tesoro: su café, que es uno de los mejores del planeta. Pero también, que los caficultores de Burundi eran los peor pagados del mundo. Y decidimos no quedarnos de brazos cruzados; y cambiar las reglas. Con todo esto en mente, allá por el año 2018, y después de 10 años desde nuestros primeros viajes a Burundi, nuestro querido Carlos Bobillo “Bobi” decidió dejar su trabajo de abogado en Madrid para irse a vivir a Burundi y dedicarse de lleno al sector del café, además de impulsar los proyectos de ASU en terreno.

Carlos Bobillo en su etapa cafetera en Burundi

Allí en Ngozi pasó dos años entre cafetales, donde pudo ayudar a miles de agricultores, y descubrir todos los secretos de la industria. Con todo este bagaje, y tras comprobar en primera persona el grandísimo impacto del café en Burundi, al que se dedican más de 1 millón de burundeses -5 millones de personas si contamos a sus familias- y que supone el 80% de las exportaciones del país, hemos querido lanzar en España un proyecto de emprendimiento para seguir ayudando a los caficultores de Burundi desde España.

Burundi, un país que vive del café

Y así es como nace Imigambi, con el objetivo de producir el mejor café dándole el mejor futuro a los agricultores que con tanto cariño lo cultivan en Burundi, y de reinvertir todos nuestros beneficios en ellos. Y es que los agricultores son el corazón del proyecto. Por ello, valoramos y recompensamos justamente su trabajo y esfuerzo. Además, reinvertimos el 100% de los beneficios en cubrir la necesidad más básica en la zona rural en las que trabajamos: con cada paquete de Imigambi se financia el acceso a electricidad durante un año a la familia de agricultores que lo ha producido.

Paquete de café Imigambi

Los agricultores, el corazón del proyecto

“Imigambi” es una canción burundesa que habla de los proyectos que Dios tiene para nosotros y que, tras mucho esfuerzo, acaban cumpliéndose. Este proyecto busca cumplir esos sueños. Y es que Imigambi es el único café que no quita el sueño, sino que permite seguir soñando. Porque podemos hacer de lo ordinario algo extraordinario. Porque todos podemos cambiar el mundo. Cada día 🙂 Toda la info y pedidos en www.imigambi.org