por KOMERA | Oct 5, 2015 | Testimonios, Voluntariado
¡Seguimos! Y que mejor manera de empezar la semana que con el testimonio de otra voluntaria del pasado Proyecto Nicaragua. Pasan los meses y en sus cabezas sigue retumbando todo lo vivido, la gente con la que se encontraron, las sonrisas que sacaron (y les sacaron), las experiencias vividas, las historias escuchadas, los juegos compartidos, pero sobre todo, todo lo que les han enseñado los nicaragüenses y que les ha hecho replantearse muchas cosas. Como dice, solo cuando lo tienes delante lo entiendes de verdad.
Parece que fue ayer cuando salía de mi casa a las 12 de la noche con los nervios a flor de piel, rumbo a un país del que sabía poco más que su nombre y capital. La llegada al aeropuerto fue un cúmulo de sentimientos, una mezcla de emoción, intriga, miedo y muchísima ilusión se mezclaban con el frenesí que suponía encargarse de las maletas, sacar billetes, conocer a los demás voluntarios y sobre todo, no perder el avión que nos llevaría al mejor mes de julio de nuestras vidas.
Lo primero que piensas cuando llegas a Nicaragua es: ¡que calor! Justo después va un: ¡que verde es todo! Y a continuación llega la frase que nos llevó a los 31 voluntarios a cruzar el charco: que pobre es todo…
Las carreteras son mínimas y mal asfaltadas. Los barrios, en la mayoría de los casos, son un conjunto de chabolas de chapa mal distribuidas sobre auténticos barrizales. Las casas, de una sola estancia, son poco más que cuatro paredes de barro y un tejado de chapa, en las que el suelo es de tierra, y la cocina, el salón y el único dormitorio que hay, comparten un mismo espacio. Aunque sea difícil de imaginar, en ellas suelen vivir familias de hasta 9 hijos con sus animales, desde perros, hasta cerdos u ocas.
Pero más allá de toda esa pobreza, y aunque sea complicado de entender, encuentras alegría a cada paso que caminas, las personas son felices con lo poquísimo que tienen, y son los niños y sus sonrisas las cosas que recuerdas a día de hoy, mes y medio después de la gran aventura.
Aún escuchamos en nuestras cabezas los gritos de ilusión de los niños cuando llegaban los “gringos”, como nos conocían por allí, todas las canciones que se aprendieron y que probablemente no hayan dejado de cantar o el juego de la zapatilla por detrás, al que algún día pillarán el tranquillo.
Llegas allí pensando que intentarás echar una mano en todo lo que puedas, pero vuelves de allí teniendo claro que han sido ellos quienes te han ayudado a ti… Al ver que tus problemas son granos de arena de los que haces montañas, a dar gracias por todo lo que tienes sin merecértelo más que ellos, a ver que la felicidad no se basa en las cosas materiales que tengamos, y que los abrazos son mejor recompensa que cualquier cantidad de dinero. Y es que todos hemos escuchado estas frases millones de veces, en casa, en el colegio… pero solo cuando lo tienes delante lo entiendes de verdad.
Y aunque hemos podido hacer poco en el mes que hemos pasado allí, todo lo que hemos hecho ha sido con el corazón. Nos vamos con la alegría de que Jordi Antonio aprendió las vocales, Valeria entendió que hay que ir a clase todos los días si quiere aprender, Pablo dejó la lucha libre para los de la tele y Víctor vió que hay vida más allá del pandilleo.
¡Nos vamos Nicaragua, pero estamos seguros de que muy pronto volveremos!
por KOMERA | Sep 16, 2015 | Testimonios, Voluntariado
“Somos una pequeña gota de agua en un inmenso océano” así comienza el testimonio que Paco, uno de los voluntarios que formó parte del pasado Proyecto Nicaragua durante el mes de julio nos acaba de hacer llegar. Y cuanta razón tiene, tan solo somos una pequeña gota en el mar, pero, como decía la Madre Teresa, el mar sería menos si le faltara esa gota.
No queríamos dejar pasar la oportunidad de compartir con todos vosotros su testimonio, para que vosotros también podáis comprobar lo que nosotros ya preveíamos, que los voluntarios llevarán siempre en el corazón a toda la gente que ayudaron y conocieron, y que fueron queriendo cambiar sus vidas y les han tocado en lo más profundo ¡Gracias a ti Paco!
“Somos una pequeña gota de agua en un inmenso océano”… a veces nos gusta pensar que el mundo gira a nuestro alrededor, que todo el mundo es feliz porque nosotros lo somos y no vemos más allá de nuestros horizontes limitados. Quizás sea verdad, en cierta medida.
Me gustaría contarte a ti una experiencia. Una de esas ocasiones en las que no sabes si llegar al vacío y asomarte más allá. De cambiar tu mundo por otro. De cambiar tu vida. Permíteme que te cuente mi experiencia personal, y para eso me remontaré al comienzo.
Era todavía Semana Santa y me llegó a través de un familiar, un comentario de un cura al que un seminarista le había “fichado” para un campo de trabajo en Burundi. Vamos, que de carambola me llegó la información de un voluntariado que se haría en el mes de Julio. Ya había tenido la suerte unos años antes de ir a otro campo de trabajo en Kenia con el colegio y me había quedado con ganas de más. Aquel voluntariado terminó y acto seguido comencé la universidad. Los recuerdos se enfriaron con la vuelta a la rutina. Pero había quedado una semilla, una experiencia que me llevó a apuntarme de cabeza a este plan con una organización desconocida… ASU.
El viaje comenzó con las charlas de información, la gente no se conocía y había dudas. Pero algo nos impulsaba a seguir y a implicarnos en ello. Cuando llevamos un mes de preparación nos llega una mala noticia: Burundi está en una situación un poco problemática y por seguridad no iremos allí. Se cambia el destino a Nicaragua. La gente estaba ilusionada por ir a Burundi… es África y todos sabemos la fascinación que nos produce ese continente. Para algunos es una decepción. Desde la asociación nos vuelven a preguntar si queremos seguir en el proyecto aunque ya no sea en África. Y una vez más algo nos mueve a lanzarnos a lo desconocido, aunque no sea lo que hubiéramos previsto o imaginado. La decepción se convierte de nuevo en oportunidad.

Pasan los meses de preparación y el viaje ya está más cerca, ya nos vamos conociendo algo más. Hay algunos que incluso ya tienen encargos y la gente les “pone cara”… los jefes, los del botiquín, encargados de viajes… Todo es ilusionante y a la vez un poco abrumador, ¡Nos vamos a Nicaragua! Después de las despedidas, últimos planes y barbacoas nos montamos en el primero de los aviones que nos llevarán hasta allí. Dejamos nuestro mundo para entrar al suyo. ¿Al de quién? Al de gente que no conocemos, pero que de alguna manera nos serán familiares.
Al llegar a Granada nos damos cuenta que vamos a tener que adaptar a las condiciones de vida de allí. Comida a base de arroz con frijoles, duchas con cubo de agua (sí, sólo uno), lavandería manual (como nos acordaremos del mágico jabón lagarto). Aquí cuando abres el grifo no siempre sale agua. He de reconocer que afrontaba este viaje desde el punto de vista de quien ha hecho un voluntariado antes. Te crees que has vivido de todo y que no te vas a sorprender tanto. Ya había vivido esas condiciones de vida en África.
Pero me olvidaba de algo muy importante. Algo que me iba a sorprender y cambiar de punto de vista. Las personas. Por mucho que creas que has visto todo cuando conoces a gente de estos países te das cuenta de las muchas cosas que nos sobran en el primer mundo. Las cosas tapan a las personas, no nos dejan verlas bien y ayudarlas de verdad. Una vez más el mundo nos da un vuelco y nos pone panza arriba. ¿Cómo podemos ayudarles? La respuesta nos la dan unas personas que nos han enseñado mucho, las Misioneras de la Caridad: No necesitan tanto nuestro dinero como nuestro cariño. No cosas grandes, sino cosas pequeñas con mucho amor.

Una vez te das cuenta de esto la vida cambia radicalmente. Te das al 100% a los demás, te vacías… y acabas lleno. Y ellos lo saben, cuanto no te guardas nada y les ayudas responden. Sonríen con esas sonrisas que se graban en la retina. Sus ojos nos miran alegres. Desde lo más profundo de sus corazones están agradecidos. ¡Es increíble lo poco que se necesita para hacer felices a los demás! Con jugar con ellos, enseñarles a leer, escucharles e interesarte. Se suceden los días y las anécdotas. Historias que nos unen como grupo hasta ser una familia. Te apoyas en los demás y ellos cuentan contigo para seguir adelante. Una familia que está en España, Burundi, Nicaragua, en todas partes. Sabes que estás viviendo algo grande y no quieres que acabe.
Pero se acaba y llega el momento de volver. Nunca pensé que nos llegaríamos a encariñar tanto de gente que no conocíamos hace nada. ¿Quién sabe si algún día volveremos a vernos? Si algo sé es que les llevaremos en el corazón para siempre, fuimos queriendo cambiar su vida y nos han tocado en lo más profundo. Y lo que hemos vivido no se quedará con nosotros sino que pasará a nuestros conocidos para que ellos también lo vivan. La verdadera aventura no ha hecho más que comenzar.
Gracias ASU de todo corazón.
