07/10/2026
Lo que se queda

Después de unas semanas de nuestra vuelta a casa, de volver a la rutina, a las reuniones, a las clases, al trabajo, a los atascos y a todas esas pequeñas cosas que conforman nuestra vida diaria, llega ese momento en el que uno intenta parar y mirar atrás para entender qué ha pasado este verano en Burundi. Y, como cada año, nos vuelve a pasar lo mismo. No sabemos muy bien cómo contar lo vivido en el corazón de África. Porque Burundi no es una historia que se pueda resumir, y las palabras siempre se quedan cortas. No son los kilómetros recorridos, ni los proyectos realizados, ni siquiera todas las personas que hemos tenido la suerte de conocer. Burundi es algo mucho más difícil de explicar. Es una forma diferente de mirar, es una sonrisa, un encuentro, una conversación sin palabras. Es, en definitiva, algo que sucede dentro.

Pero empecemos por el principio. Este verano hemos vuelto a Burundi un año más con más de 60 voluntarios repartidos en cuatros grupos de universitarios y jóvenes profesionales. Cuatro grupos diferentes, cuatro historias diferentes, cuatro maneras de vivir el viaje… pero un mismo deseo: entregarnos y dejarnos sorprender. Y, a la vuelta, una certeza: que Burundi se ha quedado con nosotros aunque nos hayamos ido.

 

Una historia que se sigue escribiendo

El verano comenzó, como ya es tradición, con los grupos de universitarios, que después de muchos meses de preparación, llegaron a Burundi con las mismas ganas de siempre. Unos empezaron con el campamento de Ndava, donde 150 niños nos abrieron de par en par las puertas de su corazón y, por muy paradójico que parezca, nos enseñaron a aprender. Sí, porque llegamos pensando que íbamos a enseñarles algo y terminamos descubriendo que eran ellos quienes tenían mucho que enseñarnos. Nos enseñaron a disfrutar de lo pequeño. A vivir el presente. A reír sin necesitar demasiado. A abrazar sin pedir explicaciones. A confiar. A querer. Y es que, un año más, hemos vivido esa gran paradoja: cuanto más creemos que vamos a dar, más recibimos. Pensábamos que íbamos a llevarles nuestro tiempo, nuestros conocimientos y nuestras ganas. Y acabamos llevándonos una forma diferente de entender la vida…

Aprendiendo a aprender…

Y también, volvimos a Kirundo, donde la casa de las Sisters se convirtió un año más en nuestro hogar, y donde nos encontramos con los niños, los ancianos y los enfermos; con el cansancio, el trabajo y las tareas más sencillas; con las sonrisas, los abrazos y esa alegría que parece no necesitar ninguna explicación. Allí, en ese pequeño oasis de paz, volvimos a ponernos a disposición de las Misioneras de la Caridad, haciendo lo que tocaba y simplemente estando. Sin más. Porque ahí está precisamente el secreto, en estar. En servir. En no pretender grandes cosas, sino en hacer pequeñas cosas con mucho amor. Una vez más, las Sisters nos enseñaron que el amor no necesita grandes discursos. Que el amor se cocina, se limpia, se acaricia, se acompaña. Que el amor se hace pequeño. Y que, precisamente por eso, acaba siendo infinito.

Pequeñas cosas con mucho amor

Ya en agosto, llegaron los grupos de jóvenes profesionales que decidieron apostar sus pocas vacaciones por algo más grande. Los primeros empezaron en Ngozi, donde llevamos a cabo una nueva edición de nuestro tradicional curso de desarrollo personal y capacitación profesional en la Université de Ngozi, con las clases de IA como claras protagonistas. Es curioso pensar que, mientras nosotros llegábamos desde España para hablar de futuro, tecnología y oportunidades, Burundi volvía a enseñarnos que hay cosas que ninguna ciencia puede sustituir, como compartir un encuentro, una mirada, una conversación, una mano tendida, una sonrisa. También fue un auténtico regalo poder cuidar la capilla de la universidad que inauguramos en marzo de la mano de nuestros amigos de la Fundación Hakuna. Por las tardes cambiábamos las aulas por los juegos del campamento, los deportes, las clases de español, los niños de Giriteka y la vida que iba surgiendo. Porque en Burundi los planes importan, pero mucho más importa estar disponible. Y también estuvimos una semana en Kirundo. En la casa de las Sisters. En ese lugar al que parece que cada año llegamos por primera vez y del que cada año nos cuesta un poco más marcharnos…

Entrega de diplomas en el curso de la Universidad de Ngozi

 

Un verano para recordar

Este verano, además, ha tenido algo diferente. Quizá porque, después de casi veinte años en Burundi, hemos empezado a mirar atrás. En 2007 llegábamos por primera vez a la colina de Ndava sin saber muy bien qué nos encontraríamos. El resto de la historia ya la sabéis: media vida en Burundi, muchos viajes y muchos proyectos de cooperación… Este año hemos vivido uno de esos momentos que, de alguna manera, cierran un círculo. Y es que después de tanto tiempo soñándolo, por fin hemos inaugurado nuestra iglesia Madre Teresa de Calcuta en Ndava, la primera de Burundi dedicada a nuestra santa favorita. Una iglesia que no es solo un edificio, si no la materialización de una historia compartida, la historia de todos los que durante estos años hemos puesto nuestro tiempo, nuestros recursos, nuestro esfuerzo, nuestras oraciones y nuestro corazón al servicio del corazón de África. Y allí, rodeados de nuestros amigos burundeses, de nuestros voluntarios, de tantas personas que han hecho posible este camino, y, de manera muy especial, de nuestras queridas Misioneras de la Caridad que viajaron desde Kirundo, pudimos tocar un poco el cielo en la tierra. Y nos dimos cuenta de algo. Y es que esto no va de construir cosas. Va de construir relaciones. De construir esperanza. De construir una historia que, aunque muchas veces no entendamos, sabemos que merece la pena…

Nuestras queridas Sisters en la inauguración de nuestra iglesia Madre Teresa de Ndava

 

Y ahora, ¿qué?

Ya de vuelta en España, como cada año, llega la pregunta más difícil. ¿Qué hacemos ahora con todo esto? Porque Burundi queda a miles de kilómetros. Los niños siguen en Ndava, los universitarios en Ngozi, las Sisters en Kirundo… Y nosotros estamos otra vez en Madrid. Pero sentimos que algo ha cambiado. Porque sabemos que el verdadero reto de ir a Burundi no es cambiar Burundi, sino permitir que Burundi nos cambie a nosotros. Y que después de haber visto una alegría tan sencilla, aprendamos a vivir con más alegría. Que después de haber recibido tanto con tan poco, sepamos agradecer más. Que después de haber descubierto que el amor se encuentra en las cosas más pequeñas, tengamos el valor de volver a nuestras casas y empezar por ellas. Y que después de haber visto tantas vidas entregadas, entendamos que nuestra vida también está llamada a ser entregada.

Porque Burundi no puede quedarse en Burundi. No puede quedarse en unas fotografías, unos recuerdos, y unas birras de vez en cuando entre amigos. Burundi tiene que llegar a Madrid. A nuestras familias. A nuestros amigos. A nuestras universidades; a nuestros trabajos. A nuestra forma de mirar al que tenemos al lado. Porque si algo hemos aprendido este verano es que quizá no estamos llamados a hacer grandes cosas. Pero sí estamos llamados a amar. Y eso sí podemos hacerlo aquí. Todos los días.

¿Qué hacemos ahora con todo esto?

 

Lo que se queda

Dicen que los viajes terminan cuando uno vuelve a casa. Pero nosotros tenemos la certeza de que hay lugares que, aunque dejemos atrás, se quedan dentro de nosotros. Y Burundi es sin duda uno de ellos. Se quedan las risas de los niños de Ndava. Se quedan las ganas de mejorar de los universitarios de Ngozi. Se quedan los abrazos de Kirundo. Se queda la alegría de las Sisters. Se queda, sobre todo, una certeza: que la vida tiene mucho más sentido cuando se entrega. Por eso, cuando volvemos a mirar atrás, nos damos cuenta de que este verano hemos vuelto a casa con el corazón más lleno. Y ese es quizás el verdadero regalo de Burundi. Porque después de casi veinte años seguimos sin entender del todo qué tiene esta tierra… Pero seguimos queriendo volver. Seguimos queriendo dejarnos sorprender. Seguimos queriendo aprender. Seguimos queriendo entregarnos. Porque Burundi nos ha enseñado que hay cosas que solo se entienden cuando se viven. Que lo importante no es lo que dejamos allí, sino lo que dejamos que Burundi haga en nosotros.

Un año más, volvemos a casa. Pero una vez más, sabemos que Burundi no se queda en Burundi, y que una parte de Burundi se queda en nosotros. Y también, que un poquito de nosotros se queda allí. Por eso solo podemos decir “gracias”. Gracias, Burundi. Gracias por tanto. Por abrirnos las puertas de tu casa. Por hacernos pequeños. Por ser una escuela de vida. Por recordarnos lo esencial. Y por seguir revelándonos, una y otra vez, que la vida merece la pena cuando se vive para los demás. Nos vemos pronto.

Gracias, Burundi

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